Antonio, muy satisfecho en el fondo de su alma, porque penetraba todo lo que había de ridículo en aquella bacanal de la necedad libre-pensadora, se levantó de su butaca azul y salió á los pasillos, dejando con la palabra en la boca á un medicucho, que había aprendido en los manuales de Letourneau toda aquella masa incoherente de datos problemáticos y casi siempre insignificantes.
—¡Tontos, todos tontos!—pensaba: y una ola de agua rosada le bañaba el espíritu. Ya no se acordaba de Rejoncillo, ni de Reseco; la sensación de una superioridad casi tangible le llenaba el ánimo; sí, sí, era evidente; aquellos hombres que quedaban allí dentro dando voces ó escuchando con atención seria, algunos de los cuales tenían fama de talentudos, eran inferiores á él con mucho, incapaces de ver el aspecto cómico de semejantes disputas, la necedad hereditaria que asomaba en tamaño apasionamiento por ideas insustanciales, falsas, sin aplicación posible, sin relación con el mundo serio, digno y noble de la realidad misteriosa.
En los pasillos también se disputaba. Eran algunos jóvenes que, sin sospecharlo siquiera Reyes, despreciaban las disputas de la sección. Hablaban también de filosofía, pero no tenía nada que ver su discusión con la de allá dentro: éstos habían venido á parar á la cuestión de si había ó no metafísica, á partir de la última novela publicada en Francia. Antonio se acercó al grupo, y no estuvo contento mientras notó alguna originalidad y fuerza en la argumentación. Un joven moreno, pálido, de ojos azules claros y muy redondos, soñadores, ó por lo menos distraídos, hablaba con descuido, sin atar las frases, pero con buen sentido y con entusiasmo contenido.
—¿Quién duda, señores, que, en efecto, el positivismo ha de ir... no digo que sea en este siglo, ¿eh? pero ha de ir poco á poco..., vamos, modificándose, cambiando, para acabar por ser una nueva metafísica?...
—Esa tendencia ya aparece en algunos escritores—, dijo otro, pequeño, rubio, vivaracho, de lentes, que gesticulaba mucho, y al cual el moreno, el distraído, oía con atención cariñosa. Siguió hablando el chiquitín de escritores alemanes modernísimos que repasaban la filosofía de Kant, y la de Fichte, y la de Hegel para ver de encontrar en ella bases nuevas de una metafísica que había que construir á todo trance.
Entonces Reyes sonrió con disimulado desprecio, satisfecho, y se apartó también de aquel grupo. Al fin había encontrado lo que quería. “También aquéllos disparataban; creían en resurrecciones metafísicas; ¡bah!, tontos como los otros, como los positivistas de café, como los pobres diablos de allá dentro, aunque no lo fueran tanto.”
Salió del Ateneo. El cielo se había despejado; los últimos nubarrones se amontonaban huyendo hacia el Norte; las estrellas brillaban como si las acabaran de lavar; una poesía sensual bajaba del infinito oscuro.
Reyes comparó al Ateneo con el cielo estrellado y salió perdiendo el Ateneo. Debía estar prohibido discutir los grandes problemas de la vida universal, sobre todo cuando se era un cretino. Las estrellas, que de fijo sabían más de esas cosas sublimes que los hombres, callaban eternamente; callaban y brillaban. Reyes, en el fondo de su alma, se sintió digno de ser estrella.
Bajó la calle de la Montera. El reloj del Principal dió las diez. Una mujer triste se acercó á Antonio rebozada en un mantón gris, con una mano envuelta en el mantón y aplicada á la boca. Él la miró sin verla, y no oyó lo que ella dijo; pero una asociación de ideas, de que él mismo no se dió cuenta, le hizo acordarse de repente de su aventura iniciada. Regina Theil estaba en Rivas. ¡Oh! ¡el amor, el galanteo! Un temblor dulce le sacudió el cuerpo. Á dos pasos tenía un coche de punto. El cochero dormía; le despertó dándole con el bastón en un hombro, montó y dijo al cerrar la portezuela: