Se vió, sin saber cómo, en aquellos pasillos tristes y obscuros, llenos de humo: allí el calor parecía una pasta pesada que flotaba en el aire, y que se tragaba y se pegaba al estómago. Sin saber cómo tampoco, sin darse cuenta de que la voluntad interviniese en sus movimientos, llegó al salón de periódicos, se fué hacia el extremo de la mesa, y se sentó decidido á no mirar más que papeles extranjeros, por lo menos coloniales, que de fijo no hablarían de la subsecretaría de Rejoncillo. Á él mismo le parecía mentira verse repasando las columnas de una colección de Diarios de la Marina.

Después tomó Le Journal de Petersbourg..., que estaba cerca. Allí se hablaba, en una correspondencia de París, de las últimas poesías de un escritor francés á quien trataba él. Esta consideración fué un ligero tónico. Reyes fué acercándose á los periódicos españoles; desde la mitad de la mesa comenzaban á verse acá y allá ejemplares borrosos de La Correspondencia; tenían algo de pastel de aceite apestoso acabado de salir del horno. No pudo menos; hizo lo que todos los presentes: cogió La Correspondencia. En la segunda plana, en medio de la tercera columna, estaba la noticia, poco más ó menos como él la había visto sobre las losas húmedas y brillantes de la calle de Sevilla. Allí estaban Augusto Rejoncillo y su subsecretaría; era, efectivamente, la de Ultramar. Era un hecho el nombramiento; nada de reclamo, no; un hecho: se había firmado el decreto.

“¡Qué país!”—se puso á pensar Reyes, sin darse cuenta de ello; él, que hacía alarde desde muy antiguo de despreciar el país absolutamente y no acordarse de él para nada.—“¡Qué país!” “Todo está perdido; pero ¡esto es demasiado! Esto da náuseas. ¿Quién quiere ya ser nada? Diputación, cartera..., ¿qué sería todo eso para el amor propio? Nada..., peor, un insulto... ¿Cómo me había de halagar á mí ser ministro... habiendo sido antes Rejoncillo subsecretario? Por este lado no hay que buscar ya nunca nada; la política ya no es carrera para un hombre como yo; es una humillación, es una calleja inmunda; hay que tomar en serio esta resolución estoica de no querer ser diputado ni ministro, ni nada de eso, por dignidad, por decoro”. Y en el cerebro de Reyes estalló la idea fugaz y brillante de ser jefe de un nuevo partido, que llamó en francés, para sus adentros, el partido zutista, el de “no ha lugar á deliberar, el de la anulación de la política, el partido anarquista de la aristocracia del talento y de la distinción”. Sí, había que matar la política, convertirla en oficio de menestrales, dársela á los zapateros, á los que no saben leer ni escribir: un político era un hombre grosero, de alma de madera, limitado en ambiciones y gustos, un ser antipático: había que proclamar el zutismo ó chusismo, la abstención; las personas de gusto, de talento, de espíritu noble y delicado no necesitaban gobernar ni ser gobernadas. “Iremos al Congreso para cerrarlo y tirar la llave á un pozo”—pensaba decir en el programa del partido. Por supuesto, que en Reyes estos conatos de grandes resoluciones eran relámpagos de calor, menos, fuegos de artificio á que él no daba ninguna importancia. Dejaba que la fantasía construyera á su antojo aquellos palacios de humo, y después se quedaba tan impasible, decidido á no meterse en nada. Sin embargo, la idea del partido zutista era hermosa, aunque irrealizable. Sobre todo, había servido para elevarle á sus propios ojos, “sobre aquellas miserias de subsecretarías y Rejoncillos”. “No, él no tenía envidia á aquel mamarracho; de esto estaba... seguro”; pero el pensar en ello, el irritarse ante la majadería del ministerio que hacía tal nombramiento, ya era indigno de Antonio Reyes; el hombre que llevaba dentro de la cabeza el plan de aquella novela, que no acababa de escribir por lo mucho que despreciaba al público que la había de leer.

En el salón de periódicos comenzó cierto movimiento de sillas y murmullo de conversaciones en voz baja. Los socios pasaban á la cátedra pública. Los gritos de un conserje sonaban á lo lejos, diciendo: “¡Sección de ciencias morales y políticas! ¡Sección de ciencias morales y políticas!...”

VI

La cabeza de Cervantes de yeso, cubierta de polvo, bostezaba sobre una columna de madera, sumida en la sombra; y los ojos de Reyes, fijos en ella, querían arrancarle el secreto de su hastío infinito en aquella vida de perpetua discusión académica, donde los hijos enclenques de un siglo echado á perder á lo mejor de sus años, gastaban la poca y mala sangre que tenían en calentarse los cascos discurriendo y vociferando por culpa de mil palabras y distingos inútiles, de que el buen Cervantes no había oído jamás hablar en vida. Sobre todo, la sección de ciencias morales y políticas (pensaba Reyes que debía de pensar el busto pálido y sucio) era cosa para volver el estómago á una estatua que ni siquiera lo tenía. Malo era oir á aquellos caballeros reñir, con motivo de negarle á Cristo la divinidad ó concedérsela; malo también aguantarlos cuando hablaban de los ideales del arte, de que él, Cervantes, nada había sabido nunca; pero todo era menos detestable que las discusiones políticas y sociológicas, donde cuanto había en Madrid de necedad y majadería ilustrada se atrevía á pedir la palabra y á vociferar sus sandeces, ya retrógradas, ya avanzadas como un adelantado mayor. Aquellos socios, pensaba Reyes, se dividían en derecha é izquierda, como si á todos ellos no los uniera su nativo cretinismo en un gran partido, el partido del bocio invisible, del nihilismo intelectual. Sí, todos eran unos, y ellos creían que no; todos eran topos, empeñados en ver claro en las más arduas cuestiones del mundo, las cuestiones prácticas de la vida común y solidaria, que no podrán ser planteadas con alguna probabilidad de acierto hasta que cientos y cientos de ciencias auxiliares y preparatorias se hayan formado, desarrollado y perfeccionado. Entretanto, y hasta que los hombres verdaderamente sabios, de un porvenir muy lejano, muy lejano, tal vez de nunca, tomaran por su cuenta esta materia, la ventilaban con fórmulas de vaciedades históricas ó filosóficas todos aquellos anémicos de alma, más despreciables todavía que los políticos prácticos, empíricos; porque éstos, al fin, iban detrás de un interés real, por una pasión propia, cierta, la ambición, por baja que fuese. El miserable que en nuestros tiempos de caos intelectual se dedica á la política abstracta, á las ciencias sociales, le parecía á Reyes el representante genuino de la estupidez humana, irremediable, en que él creía como en un dogma. Y si Antonio despreciaba aún á los que pasaban por sabios en estas materias, ¡qué sentiría ante aquellos buenos señores y jóvenes imberbes, que repetían allí por milésima vez las teorías más traídas y llevadas de unas y otras escuelas!

Años atrás, antes de irse él á París se hablaba en la sección de ciencias morales y políticas de la cuestión social en conjunto, y se discutía si la habría ó no la habría. Los señores de enfrente, los de la derecha (Reyes se sentaba á la izquierda, cerca de un balcón escondido en las tinieblas), acababan por asegurar que siempre habría pobres entre vosotros, y con otros cinco ó seis textos del Evangelio daban por resuelta la cuestión. Los de la izquierda, con motivo de estas citas, negaban la divinidad de Jesucristo; y con gran escándalo de algunos socios muy amigos del orden y de asistir á todas las sesiones, «se pasaba de una sección á otra indebidamente»; pero no importaba, ya se sabía que siempre se iba á dar allí, y el presidente, experto y tolerante, no ponía veto á las citas de un krausista de tendencias demagógicas, que “con todo el respeto debido al Nazareno”, ponía al cristianismo como chupa de dómine, negando que él, Fernando Chispas, le debiera cosa alguna (á quien él debía era á la patrona), pues lo que el cristianismo tenía de bueno, lo debía á la filosofía platónica, á los sabios de Egipto, de Persia, y en fin, de cualquier parte, pero no á su propio esfuerzo. De una en otra se llegaba á discutir todo el dogma, toda la moral y toda la disciplina. Un caballero que hablaba todos los años tres ó cuatro veces en todas las secciones, se levantaba á echarle en cara á la religión de Jesús, según venía haciendo desde ocho años á aquella parte, á echarle en cara que colocase á los ladrones en los altares, y perdonase á los grandes criminales por un solo rasgo de contrición, estando á los últimos. Y citaba La Devoción de la Cruz, escandalizándose de la moral relajada de Calderón y de la Iglesia.

Entonces surgía en la derecha un hegeliano católico, casi siempre consejero de Estado, gran maestro en el manejo del difumino filosófico. “Se levantaba, decía, á encauzar el debate, á elevarlo á la región pura de las ideas”; y la emprendía con Emmanuel Kant (así le llamaba), Fichte, Schelling y Hegel, que eran los cuatro filósofos que citaba en esta época todo el mundo, exponiendo sus respectivas doctrinas en cuatro palabras. Los krausistas de escalera abajo replicaban, llenos de una unción filosófico-teológica, como pudiera tenerla un bulldog amaestrado; y con estudiada preterición citaban al mundo entero, menos á Krause, el maestro, encontrando la causa de tantos y tantos errores como, en efecto, deslucen la historia del pensamiento humano, en la falta de método, y sobre todo en no comenzar ó discurrir cada cual desde el primer día que se le ocurrió discurrir, por el yo, no como mero pensamiento, sino en todo lo que en la realidad es...

Todo esto era hacía años, antes de irse él, Reyes, á París. Ahora, recordando semejantes escaramuzas, y contemplando lo presente, sentía cierta tristeza, que era producida por la romántica perspectiva de los recuerdos.

En aquellas famosas discusiones, en que Cristo lo pagaba todo, había á lo menos cierta libertad de la fantasía; á veces eran aquellas locuras ideales morales en el fondo, no extrañas por completo á las sugestiones naturales de la moral práctica; en fin, él les reconocía cierta bondad y cierta poesía, que tal vez se debía á no ser posible que aquello volviese; tal vez no tenían más poesía que la que ve la memoria en todo lo muerto. Ahora el positivismo era el rey de las discusiones. Los oradores de derecha é izquierda se atenían á los hechos, agarrados á ellos como las lapas á las peñas. Aquello no era una filosofía; era un artículo de París, la cuestión de los quince, ó el acertijo gráfico que se llama “¿dónde está la pastora?” Caballeros que nunca habían visto un cadáver hablaban de anatomía y de fisiología, y cualquiera podría pensar que pasaban la vida en el anfiteatro rompiendo huesos, metidos en entrañas humanas, calientes y sangrando, hasta las rodillas. Había allí una carnicería teórica. Las mismas palabras del tecnicismo fisiológico iban y venían mil veces, sin que las comprendiera casi nadie; el individuo era el protoplasma, la familia la célula, y la sociedad un tejido..., un tejido de disparates.