—¿Con Regina?

—Sí, con la marquesa... Conque, ¿no viene usted?

Antonio vaciló.

—No (dijo, después de pensarlo mucho); no...; tengo que hacer...; acaso... allá... al final, á la hora del triunfo.

—Ó de la silba...

—¡Bah! Será triunfo... ¡Ya no hay más que triunfos! Hasta mañana ó hasta luego...

V

Reyes anhelaba quedarse solo con sus pensamientos; reanudar las visiones agradables que le habían acompañado desde la Cibeles al Suizo; pero, ¡cosa rara!, en cuanto desapareció don Elías, se encontró peor, menos libre, más disgustado. Recordó que cuando era niño y se divertía cantando á solas ó declamando, si un importuno le interrumpía un momento, al volver á sus gritos y canciones ya lo hacía sin gusto, con desabrimiento y algo avergonzado, hasta dejar sus juegos y romper á llorar. Una impresión análoga sentía ahora: aquel tonto de don Elías le había hecho caer del quinto cielo; le había hecho derrumbarse desde gratas ilusiones que halagaban la vanidad, los sentidos y tal vez algo del corazón, á los cantos rodados de la crónica del día; había caído de cabeza sobre la subsecretaría de Rejoncillo y sus presuntos amores con la de Cenojiles; y después, de necedad en necedad, había rebotado sobre el artículo de Reseco...; y... “¡que un majadero pudiera tener tanta influencia en sus pensamientos!” Antonio emprendió la marcha por la calle de Sevilla hacia la del Príncipe, decidido á olvidar todo aquello y á volver á la idea dulcísima (sí, dulcísima, por más que coqueteando consigo mismo quisiera negárselo), de sus relaciones casi seguras, seguras, con Regina Theil. Pero, nada; los halagüeños pensamientos no volvían; no se ataban aquellos hilos rotos de la novela que ya él había comenzado á hilvanar, sin quererlo, mientras subía por la calle de Alcalá. En vez de aventuras graciosas y picantes, representábasele entre los ojos y las losas mojadas y relucientes á trechos, la imagen abstracta de la subsecretaría de Rejoncillo; era vaga, confusa, unas veces en figuras de letras de molde medio borradas, tal como podrían leerse en La Correspondencia; otras veces en la forma de un sillón lujoso, algo sobado, no se sabía si de raso, si de piel, ni de qué estructura..., y á lo mejor, ¡zás! Rejoncillo vestido de frac, con gran pechera reluciente, saltando de suelto en suelto por los de La Correspondencia, hasta plantarse en el de su subsecretaría; ó bien saludando á muchos señores en una sala, que era igual que el vestíbulo del Principal, á pesar de ser una sala. “¡Quería decirse que estaba soñando despierto, y que el sueño, á pesar de la voluntad vigilante, se empeñaba en ser estúpido, disparatado!”

Y Reyes se detuvo ante los resplandores de las cucharas junto al escaparate de Meneses. Como si obedeciera á una sugestión, clavaba los ojos sin poder remediarlo en aquellos reflejos de blancura. No había motivo para dar un paso adelante ni para darlo hacia atrás, y se estuvo quieto ante la luz. No sabía adónde ir: ahora se le ocurría recordar que no tenía plan para aquella noche: un cuarto de hora antes hubiera jurado que le faltaría tiempo para todo lo que debía hacer antes de acostarse, para lo mucho que iba á divertirse..., y resultaba que no había tal cosa; que no tenía plan, que no había pensado nada, que no tenía dónde pasar el rato, para olvidar aquellas necedades que se le clavaban en la cabeza. ¿Por qué no estaba ya contento? ¿Por qué aquel optimismo, que casi como un zumbido agradable de oídos, ó mejor como una sinfonía, le había acompañado por la calle de Alcalá arriba, ahora se había convertido en spleen mortal? “Hablemos claro: ¿le tengo yo envidia á Rejoncillo?” Y Antonio sonrió de tal modo, que cualquier transeúnte hubiera podido creer que se estaba burlando de la plata Meneses. “¡Envidia á Rejoncillo!” El pensamiento le pareció tan ridículo, la reacción del orgullo fué tan fuerte que, como si todas aquellas pasiones que le tenían parado en la acera se hubiesen convertido en descarga eléctrica, dió Antonio media vuelta automática, echó á andar hacia la Carrera de San Jerónimo, descendió por ésta, atravesó la Puerta del Sol, tomó por la calle de la Montera arriba y entró en el Ateneo.