—Pues bien aplaudió usted la noche del estreno...
—Diré á usted: la impresión... así, la primera impresión... no es mala; y como es amigo Celestino, y el público se entusiasmaba...; pero Reseco ha puesto los puntos sobre las i i. ¡Ése sí que tiene talento!
Otra vez se le avinagró el gesto á Reyes. Sacudió un guante sobre la mesa y se puso de pie. Aquella noche estaba inaguantable don Elías; no decía más que necedades. “No había peor bicho que el aficionado de la literatura”. Sin poder remediarlo, y después de un bostezo, dijo Antonio:
—Reseco..., ¡ps!..., en tierra de ciegos... En París Reseco sería uno de tantos muchachos de sprit; aquí es el terror de los tontos y de los Celestinos.
Don Elías admiraba al tal Reseco, aunque no le era simpático; pero la opinión de Reyes, que venía de París, de vivir entre los literatos de moda, le parecía muy respetable. Sí; Antoñico, como él le llamaba delante de gente para indicar la confianza con que le trataba; Antoñico frecuentaba en París las brasseries, donde tomaban café, cerveza ó chocolate ó ajenjo notables parnasianos, ilustres pseudónimos de la petite-presse y de algunos periódicos de los grandes; Antoñico había sido corresponsal parisiense de un periódico de mucha circulación, y el tono desdeñoso con que hablaba en sus cartas de ciertas celebridades francesas y españolas, había sobrecogido á don Elías, y le había hecho traspasar poco á poco su consideración de aquellas celebridades maltratadas al que las zahería. Cofiño siempre había sido un poco blando en materia de opiniones; pero los años le habían convertido en cera puesta al fuego. Cualquier libro, comedia, discurso, artículo, ó lo que fuese, le entusiasmaba fácilmente; pero una opinión contraria expuesta con valentía, con desprecio franco y con dejos de superioridad burlona y desdeñosa, le aterraba, le hacía ver un talento colosal en el que de tal manera censuraba; dejaba de admirar el libro, comedia, discurso ó lo que fuese para someterse al tirano, al crítico que había subvertido sus ideas y consagrarle culto idolátrico, mientras no hubiera mejor postor: otro crítico más fuerte, más burlón, más desengañado y más desdeñoso.
Comprendió vagamente don Elías que á Reyes le disgustaba, por lo menos aquella noche, hablar de Reseco y hablar de Rejoncillo; y como la actualidad del día eran la subsecretaría del uno y el palo que el otro le había dado al pobre Celestino, y don Elías difícilmente hablaba de cosa que no fuese la actualidad literaria, ó á lo menos política de los cafés, teatros, ateneos y plazuelas, pensó que lo mejor era callarse y levantar la sesión. Y se puso en pie también, preguntando:
—¿Viene usted á Rivas?
—¿Al estreno de Fernando? Antes la muerte. No, señor, tengo que hacer.
—Lo siento. Yo... tengo que ir... Me cargan las zarzuelas de Fernandito...; pero tengo que ir...; es un compromiso... Además, tengo que recoger á Rita, que está en el palco de... (don Elías se turbó un poco, recordando lo que antes había dicho), en el palco de Cenojiles.