—No diga usted... absurdos—(murmuró entre airado y displicente).—No son dignas de que usted las repita esas calumnias de idiotas y envidiosos. Regina es incapaz de...

—¿De faltar al marqués?

—No..., no digo eso. De querer á Rejoncillo. Es una mujer de talento.

Don Elías encogió los hombros. No quería disputar. No creía á Regina incapaz de querer á cualquiera. ¡Le había conocido él cada amante! Pero no se trataba de eso. Lo que don Elías quería demostrar era que Rejoncillo no merecía ser subsecretario de Ultramar, al menos por ahora.

—Pero, ¿usted cree que tiene suficiente talla política para subsecretario?

Reyes contestó con un gesto de indiferencia. Quería dar á entender que no le gustaba la conversación, por insignificante.

—¿Ha estado aquí Celestino?—preguntó, por hablar de otra cosa.

—¡Pobre! Sí.

—¿Se ha quejado del palo?

—Es un bendito. Él no dice nada; pero ese diablo de Enjuto sacó la conversación; le preguntó si anoche le habían hecho salir al escenario todavía..., y él se puso colorado y dijo que sí, entre dientes, como si se avergonzara de los aplausos del público. La verdad es que el artículo de Juanito no tiene vuelta de hoja; es implacable, pero no hay quien las mueva, tiene razón; el drama es malo, perro, y no merece más que el desprecio y la broma...