—¿Qué Augusto?—preguntó Reyes, mientras se quitaba un guante, distraído, y sonriendo todavía á sus ideas.

—¿Qué Augusto ha de ser? Rejoncillo.

—¿Qué le pasa?—dijo Antonio con gesto de mal humor, como quien elude una conversación inoportuna.

—¡Que al fin le han hecho subsecretario!

—¡Bah!

—¡Es un escándalo!

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Porque no tiene méritos suficientes... Yo no le niego talento... Es orador... Es valiente, audaz... Sabe vivir... Dígalo si no su Historia del Parlamentarismo, en que resulta que el mejor orador del mundo es el marqués de los Cenojiles, el marido de su querida...

Antonio, que tenía cara de vinagre desde que oyera la noticia que escandalizaba á Cofiño, se mordió los labios y sintió que la sangre se le caía del rostro hacia el pecho.