—¿Antonio Reyes?—Un excéntrico, un holgazán, un muchacho que vale mucho, pero que no quiere trabajar. Es decir..., lee..., sabe..., entiende...; pero nadie le conoce. Ahora se ha ido á París de corresponsal de un periódico, de corresponsal político..., cualquier cosa..., á ganar los garbanzos...; es decir, los garbanzos no, porque allí no los comerá... Es lástima; vale, vale...; entiende, lee mucho, conoce todo lo moderno...; pero no trabaja, no escribe. Es muy orgulloso. Además, está malo; ¿no le oías toser? Un catarro crónico..., y la solitaria; además de eso, una tenia... Creo que es gastrónomo... y que come mucho... Es un escéptico, un estómago que piensa.

Rita no volvió á ver á Reyes, ni á oir hablar de él, en mucho tiempo.

IV

—De cuatro á cinco, no lo olvide usted; el viernes...—dijo una voz de mujer, vibrante, dulcemente imperiosa; y una mano corta y fina, cubierta de guante blanco, que subía brazo arriba, sacudió con fuerza otra mano delgada y larga.

Regina Theil de Fajardo se despedía de Antonio Reyes, recordándole la promesa de asistir á su tertulia vespertina del viernes. Montó ella en su coche, que desapareció en la sombra; y Reyes, que había ratificado su promesa inclinando la cabeza y sonriendo, quedóse á pie entre los rails del tranvía sobre el lodo. La sonrisa continuaba en su rostro, pero tenía otro color; ahora expresaba una complacencia entre melancólica y maliciosa.

El silbido de un tranvía que se acercaba de frente con un ojo de fuego rojo en medio de su mancha negra, obligó á Reyes á salir de su abstracción. En dos saltos se puso en la acera, y subió por la calle de Alcalá hacia el Suizo.

Era una noche de Mayo. Había llovido toda la tarde entre relámpagos y truenos, y la tempestad se despedía murmurando á lo lejos, como perro gruñón que de mal grado obedece á la voz que le impone silencio. El Madrid que goza se echaba á la calle á pie ó en coche, con el afán de saborear sus ordinarios placeres nocturnos. Después de una tarde larga, aburrida, pasada entre paredes, se aspiraba con redoblada delicia el aire libre, y se buscaba con prisa y afán pueril el espectáculo esperado y querido, el rincón del café, que es casi una propiedad, la tertulia, en fin, la costumbre deliciosa y cara.

Antonio Reyes entró en el Suizo Nuevo, y se acercó á una mesa de las más próximas á la calle.

—Se han ido todos—dijo al verle don Elías Cofiño, que le esperaba leyendo La Correspondencia.—¿Cómo ha tardado usted tanto? ¿Sabe usted lo de Augusto?