En un té político-literario conoció Augusto á Cofiño y á su hija. Rita había ido á semejante fiesta porque el ama de la casa era tan política como su esposo, ó más, y había convidado á las amigas. Cofiño había aceptado la invitación, porque el político era además literato. Hubo brindis, y Rejoncillo, pulcro, estirado, serio, con unos puños de camisa que daban gloria y despedían rayos de blancura, habló como un sacamuelas ilustrado, imitando el estilo y criterio del amo de la casa. Hizo furor. Fué el suyo el discurso de la noche. ¡Qué bien había sabido tratar las áridas materias políticas y administrativas con imágenes pintorescas y otros recursos retóricos, á fin de que no se aburrieran las señoras! Habló del calor del hogar con motivo de insultar al ministro de Hacienda; demostró que el impuesto equivalente al de la sal conspiraba contra esa piedra angular del edificio social que se llama la familia; y una vez dentro de la familia, hizo prodigios de elocuencia. ¿Por qué se perdió Francia? Por la disolución de la familia. ¿Por qué España se conservaba? Por la vida de familia. Hizo el panegírico de la madre, el elogio de la abuela, la apoteosis del padre y del hijo, y hasta tuvo arranques patéticos en pro de los criados fieles y antiguos. Pues bien: todo aquello quería destruirlo en un hora (un hora dijo) el ministro de Hacienda. Síntesis: que el único ministerio viable sería el que formase el amo de la casa. De cuya esposa era amante Rejoncillo, según malas lenguas.

El triunfo de Augusto fué solemne. Al día siguiente hablaron de él los periódicos. El amo de la casa del té le hizo secretario suyo. Y él, enterado de que una joven, Rita, que le había aplaudido mucho aquella noche, era rica, se propuso tomar aquella plaza y se hizo presentar en casa de Cofiño.

III

Antonio Reyes era un joven rubio, de lentes, delgado y alto; tosía mucho, pero con gracia; con una especie de modestia de enfermo crónico cansado de molestar al mundo entero. Este modo de toser y la barba de oro fina, aguda y recortada, había llamado la atención de Rita Cofiño en la tertulia de cierto marqués literato, adonde la llevaba de tarde en tarde don Elías.

“El de la tos” le llamaba ella para sus adentros. Mientras multitud de poetas recitaban versos y el concurso aplaudía, y se hablaba alto, y se reía y gritaba, entre el bullicio Rita percibía la tos de Reyes, y cada vez sentía más simpatía por aquel muchacho, y más deseo de cuidarle aquel catarro en que él parecía no pensar. No sabía por qué, la hija de Cofiño encontraba en aquel ruido seco de la tos algo familiar, algo digno de atención, una cosa mucho más interesante que todas aquellas quejas rimadas con que los poetas se lamentaban entre dos candelabros, como si la tertulia pudiera mejorar su suerte y arreglar el pícaro mundo.

Agapito Milfuegos leía poemas caóticos, de los que resultaba que el universo era una broma de mala ley inventada por Dios para mortificarle á él, al mísero Agapito. Restituto Mata se quejaba en sonetos esculturales de una novia de Tierra de Campos, que le había dejado por un cosechero; Roque Sarga lamentaba en romances heroicos (no tan heroicos como los oyentes) la pérdida de la fe, y Pepe Tudela cantaba la electricidad, el descubrimiento del microscopio y la materia radiante. Antonio Reyes tosía.

Rita no habló nunca con Antonio en aquella tertulia. Pocos meses después de haberse fijado ella en él, dejó de sonar allí la tos interesante.

—¿Y Reyes?—dijo cualquiera una noche.

—Se ha ido á París—respondieron.

—¿Quién es ese Reyes?—preguntó Rita á su padre al volver á casa.