Más poderosa que él su afición á las letras, que se irritaba de nuevo con la proximidad de la vejez, le obligaba á procurar el trato de los escritores, y no siempre de balde. Su primera vanidad era Rita; esbelta, blanca, discreta hasta en el modo de andar, elegante, que se movía con una aprensión de alas en los hombros, que miraba á todo como al cielo azul, seria y dulce, sin más que un poco de acíbar de ironía en la punta de la lengua para el mal cuando era ridículo, y para la ignorancia cuando recaía en varón constante obligado á saber lo que pregonaba tener al dedillo. Pero la segunda vanidad de Cofiño, poco menos fuerte, era la amistad de los grandes literatos. Cuando era pobre todavía y redactaba periódicos, tenía don Elías gusto más difícil; le asustaba la idea de tragarlas como puños, de admirar lo malo por bueno: pero ahora, el bienestar y los años le habían hecho más benévolo y estragado en parte el paladar. Ya tenía por grandes escritores á los que no pasaban de medianos, y aun á algunos que, apurada la cuenta, serían malos probablemente. Él, que no necesitaba de nadie, por tal de ser amigo de notabilidades, adulaba á los mismos á quienes solía dar de comer; y á más de un parásito suyo le hizo la corte con una humildad indigna de su carácter, altivo en los demás negocios. Á los académicos les alababa el diccionario y el purismo, y la parsimonia de su vida literaria, y con ellos hablaba de líneas griegas, de castidad clásica, y de los modelos. Con los autores revolucionarios se explicaba de otro modo, y decía pestes de los ratones de biblioteca y de las “frías convenciones del pseudo clasicismo”. Á los jóvenes les concedía que había que reemplazar á los ídolos caducos; á los viejos, que con ellos se moriría el arte. Y esto lo hacía el pobre don Elías por estar bien con todos, por ser amigo de todos, y porque la experiencia le había enseñado que el manjar de esta clase de dioses es la murmuración, y que en sus altares, más que el incienso, se estima la sangre de literato degollado vivo sobre el ara.

Todo ello se le podía perdonar al antiguo librero, porque el fin que se proponía no era bajo, ni siquiera interesado. Pero lo que no tenía perdón era su empeño de casar á Rita con un literato ilustre, ó por lo menos que estuviese en camino de serlo. Merecía Rita por su hermosura de rubia esbelta, de rubia con un matiz de andaluza, suave, mezclado con otros de ángel y de mujer seria; por su educación completa, discreta y oportuna, por su candor, por su talento un poco avergonzado de sí mismo, y por los tesoros de virtud casera que todo lo suyo anunciaba, desde el modo de besar á un niño hasta la manera de doblar la mantilla, merecía por todo eso, y por su fortuna sana, aunque no fabulosa, un novio á pedir de boca, una gran proporción, algo así como un ministro, ó un banquero, ó un hombre honrado y guapo por lo menos. Pero don Elías exigía á todo pretendiente posible la condición de literato, y bastante conocido.

II

Augusto Rejoncillo, hijo legítimo de legítimo matrimonio de don Roque, magistrado del Supremo, y de doña Olegaria Martín y Martín, difunta, se hizo doctor en ambos derechos á los veinte años, doctor en ciencias físicas y matemáticas á los veintidós, y doctor en filosofía y letras á los veintitrés. Pero desde que tomó la primera borla empezó á figurar y á ser secretario de todo, y á pedir la palabra en la Academia de Jurisprudencia, y á decir: “Entiendo yo, señores”, y “tengo para mí”.

Y no era que tuviese para sí, sino que quería tener y retener y guardar para la vejez, por lo cual él y su papá bebían los vientos; y apenas se formaba un nuevo partido político, allí estaba Rejoncillo de los primeros, muy limpio, muy guapo (porque era buen mozo, vistoso), de levita ceñida, sombrero reluciente y guantes de pespuntes colorados y gordos. No lo había como él para alborotar ni para manipulaciones electorales. Había él hecho más mesas que el más acreditado ebanista, y el que quisiera ser presidente de alguna cosa, no tenía más que encargárselo.

Era colaborador de varios periódicos, pero confesaba que le cargaba la prensa; él prefería la tribuna. Á las redacciones iba de parte del jefe de semana (es decir, el jefe del partido ó de la partida en que militaba aquella semana Augusto); llevaba bombos escritos por el mismo jefe ó por Rejoncillo, pero inspirados en todo caso por el jefe. Para esto y para pedir las butacas del Real ó los billetes de un baile, solía presentarse en las oficinas de los periódicos, de las que salía pronto, porque le cargaban los periodistas humildes, y sobre todo los que presumían de literatos.

“Él también escribía”, pero no letras de molde, en papel de muchas pesetas; escribía pedimentos y demás lucubraciones de litigio. Era pasante en casa de un abogado famoso, que era también jefe de grupo en el Congreso, y presidente de dos consejos administrativos de empresas ferrocarrileras.

Tanto como despreciaba la literatura, respetaba y admiraba el foro Rejoncillo; pero no como fin “último”, según decía él, sino como preparación para la política y ayuda de gastos.

Él pensaba hacerse famoso como político, y de este modo ganar clientes en cuanto abogado; y una vez abogado con pleitos, sacar partido de esto para ganar en categoría política. Era lo corriente, y Rejoncillo nunca hacía más que lo corriente, que era lo mejor. Sólo que lo hacía con mucho empuje.

Eso sí: los empujones de Rejoncillo eran formidables; si para ocupar un puesto que le convenía tenía que acometer á un pobre prójimo colocado al borde del abismo, por ejemplo, al borde del viaducto de la calle de Segovia, Rejoncillo no vacilaba un momento, y daba un codazo, ó aunque fuera una patada, en el vientre del estorbo, y se quedaba tan fresco como Segismundo en La vida es sueño, diciendo para su capote: “¡Vive Dios, que pudo ser!” Para que la conciencia no le remordiera, se había hecho á su tiempo debido escéptico de los disimulados, que son los que tienen más gracia; escéptico que guardaba su opinión y profesaba la corriente y defendía todo lo estable, todo lo viejo, todo lo que “podía llegar á ser gobierno, en suma”.