—Pues Groos dice textualmente que las apuestas son juegos guerreros, y los juegos de azar apuestas intelectuales. El juego de azar tiene para él tres elementos: el placer de ganar, que crece con la importancia de lo que se arriesga, sin que la ganancia por sí sea el objeto del juego; el placer de una excitación fuerte, y el placer de la lucha...
—Sí, pistolas de salón, de viento. Ese juego lo hay..., la lotería de las viejas... ¡y aún! No; en el juego verdad no se sienten esas emociones pueriles; se quiere dinero, ganancia, y se quiere por el único camino del jugador, la suerte. Que salga cara, si jugamos cara; que sean pares, si jugamos pares... y no por acertar, sino por ganar. Suerte, interés, eso es todo. ¡La excitación fuerte! Ésa no es incentivo aunque el jugador crea que sí. Es un castigo, es una maldición del juego, como el remordimiento, la vergüenza de perder, después. Desengáñate; el juego... no es broma. Es como la vida, es como la metafísica... La vida racional quiere penetrar en el misterio para saber de su destino, porque teme y quiere esperar, ser feliz... El jugador, igual. Ser ó no ser, ésa es la cuestión... Venir ó no venir... ésa es la cuestión. Estar á la que salta; eso hace el jugador. Y eso hace el que no renuncia á las contingencias de la realidad. Ó ser santo... ó jugar...
SINFONÍA DE DOS NOVELAS[2]
(SU ÚNICO HIJO.—UNA MEDIANÍA).
I
Don Elías Cofiño, natural de Vigo, había hecho una regular fortuna en América con el comercio de libros. Había empezado fundando periódicos políticos y literarios, que escribía con otros aficionados á lo que llamaban ellos el cultivo de las musas. Cofiño se creyó poeta y escritor político hasta los veinticinco años; pero varios desencantos y un poco de hambre, con otros muchos apuros, le hicieron aguzar el sentido íntimo y llegar á conocerse mejor. Se convenció de que en literatura nunca sería más que un lector discreto, un entusiasta de lo bueno, ó que tal le parecía, y un imitador de cuanto le entusiasmaba. Y además, comprendió que á Buenos Aires no se iba á ejercer de Espronceda ni de Pablo Luis Courier (que eran sus ídolos), y que sus chistes é ironías recónditas, casi copiados de Courier y de Fígaro, no los entendían bien aquellos pueblos nuevos. En fin, se dejó de escribir periódicos, y descubrió con gran satisfacción su aptitud latente para el comercio. Importó libros franceses, ingleses y españoles; estudió el gusto del público americano, lo halagó al principio, “procuró rectificarlo y encauzarlo” después; se puso en correspondencia con las mejores casas editoriales de Londres, París y Madrid, y en pocos años ganó lo que jamás literato alguno español pudo ganar; y decidido á ser rico, continuó con ahínco en su empeño, y no paró hasta millonario.
La muerte de su esposa, una linda americana, hija de inglesa y español, poetisa en español y en inglés, le quitó al buen Cofiño el ánimo de seguir trabajando; traspasó el comercio, y con sus millones y su hija única, de siete años, se volvió á Europa, donde repartió el tiempo y el dinero entre París y Madrid. La educación de Rita (así se llamaba la niña, por recordar el nombre de la difunta madre de don Elías) era la preocupación principal de Cofiño, que quería para su hija todas las gracias de la Naturaleza y todos los encantos que á ella puede añadir el arte de criar ángeles que han de ser señoritas. Ensayó varios sistemas de educación el padre amoroso; nunca estaba satisfecho, ni en parte alguna encontraba, aunque las pagaba á peso de oro, suficientes garantías para la salud material y moral del idolillo que había engendrado. Si pasaba un año entero en Madrid, al cabo renegaba de la educación madrileña, y decía que no había en la capital de España maestros dignos de su hija. Levantaba la casa, trasladábase á París, y allí parecía más contento de la enseñanza; pero después de algunos meses comenzaba á protestar el patriotismo, y temía que Rita se hiciera más francesa que española, lo cual sería como ser menos hija de Cofiño.
En estas idas y venidas pasaron los años, y se gastó mucho dinero; y cuando ya creyó completa la educación de su ángel vestido de largo, se fijó en la corte de España, donde pasaban los inviernos. El verano y algo del otoño los repartía entre Vigo y una quinta deliciosa que había comprado el rico librero cerca de Pontevedra á orillas del poético Lerez.
Don Elías, si no todos, conservaba algunos de sus millones, y si algo de su capital perdió en una empresa periodística en que se metió, por una especie de palingenesia de la vanidad, aún sacó, amén de las manos en la cabeza, incólumes unos doscientos mil duros y el propósito de no meterse en malos negocios, por halagüeños que fuesen para su amor propio.