—Sí; y ahora la estética de tendencia positivista, ó mejor acaso la que estudia lo bello y el arte en su aspecto psico-fisiológico, sigue el mismo criterio. Spencer, como es sabido, también admite la teoría del arte juego...
—Y se ha dicho que el juego es un exceso, una sombra de la vida... lo mismo que se ha dicho del amor. Renán le preguntaba un día á Claudio Bernard por el misterio del amor, y el gran fisiólogo le decía: “No, no hay cosa más sencilla que el amor; es la vida que sobra...” De modo que amor y juego son plétora, lo que rebosa...
—El juego, según este Groos de que hablábamos, es un ejercicio natural de los aparatos sensoriales y de los motores, de las facultades del espíritu (inteligencia se entiende) y de los sentimientos, en atención al placer... La actividad por el placer mismo de la actividad, eso es el juego...
—¡Qué cosa tan diferente del otro juego, de mi juego! El jugador no busca el placer... y en eso se engañan muchos que ven las cosas desde fuera... Busca la ganancia; sólo que la busca en la forma picante, misteriosa, inexplicable... de la suerte. ¡La suerte! Estoy por decir que el jugador es un metafísico apasionado que interroga de cerca y con interés el misterio metafísico en cada jugada... ¿Hay ley? ¿No hay ley? ¿Es casualidad? ¿Qué es casualidad? ¿La Providencia se mezcla en estas cosas? ¿El calculo de las probabilidades hasta dónde sirve?... Y después... ¡una cosa terrible! Lo que á mí, al fin, me ata al juego hasta por la filosofía... quiero decir, por el sofisma, es... que la vida es juego. Sólo el que aspira al nirvana, á la abulia, á la apatía, puede decir que no es jugador. Los demás, todos juegan. La vida y la muerte son un modo de copar la banca. Cada latido del corazón es un golpe de fortuna, una carta que se juega; cada vez que respiro puedo perder ó ganar la vida... La riqueza ó la miseria... juego...; el mérito... juego. ¿De dónde me viene el talento ó la estupidez? ¿De dónde vienen las judías y las cristianas, los nueves ó las figuras?... Del misterio, del horrible cincuenta por ciento..., del abismo que se llama pares ó nones, cara ó cruz...
“Esto... ó lo otro”. En esa ó, en esa disyuntiva está el símbolo del juego... y de la existencia... Voy ahora á casa...; mis hijos, mis entrañas, ¿estarán durmiendo... ó muertos?... ¡Quién sabe!... Están durmiendo; ¡bien! ¡qué hermosos! ¡qué inocentes! Pero ¿mañana? El porvenir, la carta que les tocará... la vida que les espera... ¿Qué puedo yo para conseguir su dicha futura? Todos mis cálculos, mis previsiones, mis cuidados, mis ahorros, ¡inútil martingala! Mis esperanzas... ilusión como las supersticiones del jugador... En el fondo de la magna cuestión del libre albedrío, de la libertad y la gracia, de la libertad y el determinismo, de la filosofía de la contingencia, que hoy da nombre á una escuela, lo que se ve es el quid del juego... No; el juego, el mío, no es diversión, no es broma, no es desinterés, no es finalidad sin fin... Es todo lo contrario; el interés, la ganancia, el egoísmo en la lucha con la suerte...: lo mismo que la vida non sancta, que es la vida de casi todos. Los grandes hombres, los héroes, decía Carlyle, toman la realidad, el mundo, en serio. No son dilettanti. Lo mismo el jugador. El azar para mí ó contra mí... Ésta es su idea, siempre seria, siempre con fin, siempre interesada...
—Sin embargo, en el juego, no el tuyo, el otro, el juego por el placer de la actividad, se llega, según nuestro autor, á lo que él llama el placer del mal, á jugar con el propio dolor. Además, hay la catarsis de Aristóteles, el placer de la calma tras la borrasca.
—No, no importa. Ni por ahí existe afinidad entre los juegos y el juego. El jugador no busca el dolor del juego, que es grande, por el dolor, por el placer de saber que es un dolor buscado, querido: no, porque él sabe bien que la pasión le domina y que aquel dolor no es voluntario; y además, tolera el dolor por la esperanza de ganar, no por el gusto de poder triunfar de él. En cuanto á la catarsis, no tiene aplicación... Porque la calma para el jugador nunca llega. Todo es borrasca. Después de ganar... quiere, necesita ganar más. Es un judío errante, no para nunca su ambición.
—Groos habla también de juegos guerreros, los del placer de luchar, de vencer á un contrario...
—Tampoco en eso hay afinidad entre los juegos y el juego. En La Traviata, el tenor juega por ganar á un rival... Eso es música. El jugador de veras no quiere el dinero de Fulano, quiere el dinero; en el juego hay disputas, pero no hay rivalidades, ni personalismos, ni rencores: no hay más enemigo que la contraria. Suerte, ganancia, pérdida. Ésas son las categorías.