—Pero, ¿cómo volviste á lo sórdido, á lo ruin, á lo que... (perdona, tú lo has dicho) se parecía al robo?...

—Verás. Eché mis cuentas. Según mis cálculos, yo, en conjunto, llevaba perdido mucho más dinero que ganado. Todavía me tenían por allá algunos miles de duros. Iba por el desquite. Iba por lo mío. Aquello no era jugar, y no hacía mío el dinero ajeno... sino el mío.

—Vamos, sí; les habías hecho una señal á las monedas y á los billetes, y cuando no eran los tuyos los que ganabas... los devolvías.

—Ya sabes que el dinero se considera como cosa fungible...

—¿Pues entonces?... Además, tus deudores(!), es decir, los que te habían ganado á ti, ¿eran los mismos á quienes tú ganabas?

—Ese argumento tiene menos fuerza que el que empleó para anonadarme la pícara realidad...

—¿Y fué?...

—Que aquellos señores, que no eran los que me habían ganado... me ganaron también. (Nueva pausa.)

Me daba lástima del pobre Jorge. No quise molestarle con nuevas observaciones virtuosas tan fáciles de encontrar. ¡Es tan fácil lidiar los vicios desde la barrera cuando no se tienen!

—¡El juego!—continuó el jugador.—Los filósofos no saben lo que es. Montaigne, que ha hablado de tantas cosas, de tantos vicios, no tiene ningún capítulo dedicado al juego. Montaigne hablaba de lo que sabía, de lo que había experimentado. Renán se queja de que los filósofos no han tomado el amor en serio del todo, y su verdadera filosofía está sin hacer. Y es verdad. Y la causa será que los filósofos no suelen enamorarse de veras. Lo mismo les pasa con el juego. ¡La estética del juego! existe; pero no es ésa de que hablan esos libros nuevos... Como que el juego... no es juego..., no tiene nada de juego, en ese otro sentido de finalidad sin fin de que ya Kant hablaba. No debiera usarse la misma palabra para cosas tan diferentes. Una opinión muy generalizada entre los estéticos, es que el arte... es juego. Schiller, en sus célebres cartas sobre la ciencia de lo bello, siguiendo á Kant, desenvuelve admirablemente la teoría...