—Hombre, no juegues tú con el vocablo...
—Ya sé que es feo jugar de boca... Y, en rigor, está prohibido... Véase el artículo...
—No digo eso. Juegas con el vocablo; porque animales...
—Sí; ya te entiendo. Se trata de los animales... no humanos. Bueno, pues el señor Groos los calumnia. Los animales no juegan. Sólo juega el hombre, que es el único ser metafísico y jugador. Es un efecto de la dichosa evolución. ¡Qué remedio! Yo quería corregirme, dejar el vicio... pero... imposible... Es cosa de la herencia... de la raza. Lo he leído en Ihering, en la Historia de los indo-europeos antes de su separación. Aquello desconsuela. Nuestros patriarcales y bucólicos ascendientes remotísimos... eran unos empedernidos jugadores. Mataban el tiempo, el tiempo monótono de aquella vida lacia, sin variedad, sin emociones nuevas, jugando y jugando... Y esto, generaciones y generaciones... ¡Ya ves! ¿Quién puede más que el hábito incrustado en la herencia?... Pastores... y jugadores...
—Basta de disculpas prehistóricas y darwinistas... No me has entendido, ó no has querido entenderme... ó todo te sabe á lo que te pica. El juego de que habla Groos no es ése; es el juego como diversión ó recreación, según dice el Diccionario, en que no se persigue otro propósito que la distracción misma...
—Á propósito del Diccionario. Los que hablan mal de ese libro académico no conocen su gran mérito. Es un libro de moral... Á lo menos á mí, casi me convirtió. Verás lo que pasó. Un día, viéndome encenagado en el pícaro juego, sin poder remediarlo, convencido de que eran inútiles los propósitos de enmienda, quise saber á lo menos cómo se definía académicamente el vicio que me dominaba, y me fuí al Diccionario oficial, y leí: “Juego, pasatiempo, recreación, aquello que se hace por espíritu de alegría y sólo para divertirse y entretenerse.” No era esto; mi juego no era pasatiempo, ni alegría; ¡era infierno!... Seguí leyendo: “Ejercicio recreativo sometido á reglas, y en el cual se gana ó se pierde.” Lo de ejercicio no me llenaba, porque ¡se hace tan poco ejercicio pasando doce horas arrimado al tapete verde! Y lo de “se gana ó se pierde” no es exacto, porque muchas veces se queda... á juego, ni se pierde ni se gana. Si el banquero abate con nueve y yo también... ni pierdo ni gano. Y si salgo del Casino con el mismo dinero con que entré... ni pierdo ni gano. “Para darle mayor aliciente—continúa el Diccionario—aventúrase en él con frecuencia algún dinero.” Los académicos deben de ser peseteros por esa manera de hablar. “Merece reprobación—sigue la Academia—cuando la ganancia ó la pérdida puede ser importante; cuando se juega por vicio ó cuando el jugador no tiene por objeto divertirse ó entretenerse, sino hacer suyo el dinero ajeno.” Al leer esto, sentí toda la sangre en el rostro; estaba muerto de vergüenza. ¡Qué lección inesperada me daba el léxico oficial! ¡Cuánto había yo leído contra el juego! Pero nunca aquella bofetada de moralidad me había azotado el rostro. Tolstoi con su moral de maníaco, combatiendo lo mismo que el juego el vino, el tabaco... el servicio militar y el trabajo, no me había hecho sonrojarme. Siempre que se atacaba el juego como vicio, yo me disculpaba con la decencia que pueden tener los viciosos. El juego me parecía diabólico, pero noble, jugando como caballero, es claro. ¡Cuántos sofismas había inventado yo para disculpar mi vicio! Le había encontrado analogías con mil cosas, malas, pero no bochornosas. Así como el amor ilegal es pecado, pero no sórdido, no bajo, el juego me parecía incompatible con la vida económica ordenada de la sociedad... pero no infame, no vil, no mezquino; sin relación con la codicia, con el robo. ¡Jesús, el robo! Y de repente el Diccionario ¡zás!, me daba aquella bofetada... ¡No me había fijado! Al juego se iba para hacer suyo el dinero ajeno... Era verdad; á eso se iba. Lo mismo que los usureros y que los ladrones... para hacer de uno el dinero ajeno... contra la voluntad de su dueño también; porque nadie tiene voluntad de perder. ¿Que se expone el dinero propio en cambio? También el avaro expone la salud, la vida; el usurero se expone á quedarse sin lo prestado, y el ladrón... á ir á presidio. Sí, no cabe duda; el juego es eso: desear quedarse con el dinero ajeno. ¿Querrás creer que me dió asco el juego? Vi en mí un pecado de la índole ruin de que siempre me había creído libre; un pecado sórdido, de injusticia con el prójimo, de repugnante psiquis... (Pausa.)
—¿Y qué?
—Pues nada. Que estuve sin jugar... mucho tiempo.
—¿Mucho, eh?
—Sí; ¡varias semanas!