El diablo seguía allá arriba alentando con mucha fuerza, y llenaba el templo de un calor pegajoso y sofocante: cuando oyó el preludio inseguro y contenido de las carracas, no pudo contener la risa, y movió las fauces y la lengua de un modo que los fieles se dijeron unos á otros:—¿Será el carracón de la torre? ¿Pero por qué le tocan ahora? Un canónigo, mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo de hierbas, decía para sí:—¡Ese Perico es el diablo, el mismo diablo! ¡Pues no se ha puesto á tocar el carracón del campanario! Y todo era que el diablo, no Perico, sino el diablo de veras, se había reído. El canónigo, que sudaba, miró hacia el retablo y vió el lienzo negro que se movía; volvió los ojos á su compañero, sumido en la meditación, y le dijo en voz muy baja y sin moverse: —¿Qué será? ¿No ve usted cómo se menea eso?
El otro canónigo era muy pálido. No sudaba ni con el calor que hacía allí dentro. Era joven; tenía las facciones hermosas y de un atrevido relieve; la nariz era acaso demasiado larga, demasiado inclinada sobre los labios y demasiado carnosa; aunque aguda, tenía las ventanas muy anchas, y por ellas alentaba el canónigo fuertemente, como el diablo de allá arriba.—No es nada—contestó sin apartar los ojos del libro que tenía delante; “es el viento que penetra por los cristales rotos”. En aquel momento todos los fieles pensaban en lo mismo y miraban al mismo sitio; miraban al altar y al lienzo que se movía, y pensaban: “¿qué será esto?” Las luces del triángulo puesto en alto se movían también, inclinándose de un lado á otro alrededor del pábilo, y brillaban cada vez más rojas, pero como envueltas en una atmósfera que hiciera difícil la combustión. El canónigo viejo se fué quedando aletargado ó dormido; la misma torpeza de los sentidos pareció invadir á los fieles, que oían como en sueños á los que en el coro cantaban con perezoso compás y enronquecidas voces. El diablo seguía alentando por la ventana de los vidrios rotos. El canónigo joven estaba muy despierto y sentía una comezón que no pudo dominar al cabo; pasó una mano por los ojos, anduvo en los registros del libro, compuso los pliegues del manteo, hizo mil movimientos para entretener el ansia de no sabía qué, que le iba entrando por el corazón y los sentidos; respiró con fuerza inusitada, levantando mucho la cabeza... y en aquel momento volvió á cantar el colegial que subía á las nubes con su voz de tiple. Era aquella voz para los oídos del canónigo inquieto de una extraña naturaleza, que él se figuraba así, en aquel mismo instante en que estaba luchando con sus angustias; era aquella voz de una pasta muy suave, tenue y blanquecina; vagaba en el aire, y al chocar con sus ondas, que la labraban como si fueran finísimos cinceles, iba adquiriendo graciosas curvas que parecían, más que líneas, sutiles y vagarosas ideas, que suspiraban entusiasmo y amor; al cabo, la fina labor de las ondas del aire sobre la masa de aquella voz, que era, aunque muy delicada, materia, daba por maravilloso producto los contornos de una mujer que no acababan de modelarse con precisa forma; pero que, semejando todo lo curvilíneo de Venus, no paraban en ser nada, sino que lo iban siendo todo por momentos. Y según eran las notas, agudas ó graves, así el canónigo veía aquellas líneas que son símbolo en la mujer de la idealidad más alta, ó aquellas otras que toman sus encantos del ser ellas incentivo de más corpóreos apetitos.
Toda nota grave era, en fin, algo turgente, y entonces el canónigo cerraba los ojos, hundía en el pecho la cabeza y sentía pasar fuego por las hinchadas venas del robusto cuello; cuando sonaban las notas agudas, el joven magistral (que ésta era su dignidad) erguía su cabeza apolina, abría los ojos, miraba á lo alto y respiraba aquel aire de fuego con que se estaba envenenando, gozoso, anhelante, mientras rodaban lágrimas lentas de sus azules ojos, llenos de luz y de vida.
Aunque la voz del colegial cantaba en latín los dolores del Profeta, el magistral creía oir palabras de tentación que en claro español le decían:
“Mientras lloras y gimes por los dolores de edades enterradas después de muchos siglos, las golondrinas preparan sus nidos para albergar el fruto del amor.
“Mientras cantas en el coro tristezas que no sientes, corre loca la savia por las entrañas de las plantas y se amontona en los pétalos colorados de la flor como la sangre se transparenta en las mejillas de la virgen hermosa.
“El olor del incienso te enerva el espíritu; en el campo huele á tomillo, y la espinera y el laurel real embalsaman el ambiente libre.
“Tus ayes y los míos son la voz del deseo encadenado; rompamos estos lazos, y volemos juntos; la primavera nos convida; cada hoja que nace es una lengua que dice: ‘ven: el misterio dionisíaco te espera’.
“Soy la voz del amor, soy la ilusión que acaricias en sueños; tú me arrojas de ti, pero yo vuelo en la callada noche, y muchas veces, al huir en la obscuridad, enredo entre tus manos mis cabellos; yo te besé los ojos, que estaban llenos de lágrimas que durmiendo vertías.
“Yo soy la bien amada, que te llama por última vez: ahora ó nunca. Mira hacia atrás: ¿no oyes que me acerco? ¿Quieres ver mis ojos y morir de amor? ¡Mira hacia atrás, mírame, mírame!...”