Por supuesto, que todo esto era el diablo quien lo decía, y no el niño del coro, como el magistral pensaba. La voz, al cantar lo de “¡mírame, mírame!”, se había acercado tanto, que el canónigo creyó sentir en la nuca el aliento de una mujer (según él se figuraba que eran esta clase de alientos).

No pudo menos de volver los ojos, y vió con espanto detrás de la verja, tocando casi con la frente en las rejas doradas, un rostro de mujer, del cual partía una mirada dividida en dos rayos que venían derechos á herirle en sitios del corazón deshabitados. Púsose en pie el magistral sin poder contenerse, y por instinto anduvo en dirección de la verja cerrada. Á nadie extrañó el caso, porque en aquel momento otro canónigo vino de relevo y se arrodilló ante el reclinatorio.

Aquella imagen que asomaba entre las rejas era de la jueza (que así llamaban á doña Fe, por ser esposa del magistrado de mayor categoría del pueblo).

Bien la conocía el magistral, y aun sabía no pocos de sus pecados, pues ella se los había referido; pero jamás hasta entonces había notado la acabadísima hermosura de aquel rostro moreno. Claro es que al magistral, sin las artes del diablo, jamás se le hubiera ocurrido mirar á aquella devota dama, famosa por sus virtudes y acendrada piedad.

Cuando el canónigo, sin saber lo que hacía, se iba acercando á ella, un caballero de elegante porte, vestido con esmerada riqueza y gusto, y ni más ni menos hermoso que el magistral mismo, pues se le parecía como una gota á otra gota, se acercó á la jueza, se arrodilló á su lado, y acercando la cabeza al oído de un niño que la señora tenía también arrodillado en su falda, le dijo algo que oyó el niño sólo, y que le hizo sonreir con suma picardía. Miró la madre al caballero, y no pudo menos de sonreir á su vez cuando le vió posar los labios sobre la melena abundosa y crespa de su hijo, diciendo: “¡hermoso arcángel!”—El niño, con cautela y á espaldas de la madre, sacó de entre los pliegues de su vestido una carraca de tamaño descomunal, en cuanto carraca, y sin más miramientos, en cuanto vió que otra luz de las del triángulo se apagaba, trazó en el viento un círculo con la estrepitosa máquina y dió horrísono comienzo á la revolución de las carracas. No había llegado, ni con mucho, el momento señalado por el rito para el barullo infantil, pero ya era imposible contener el torrente; estalló la furia acorralada, y de todos los ángulos del templo, como gritos de las euménides, salieron de las fauces de madera los discordantes ruidos, sofocados antes, rompiendo al fin la cárcel estrecha y llenando los aires, en desesperada lucha unos con otros, y todos contra los tímpanos de los escandalizados fieles.

Y era lo que más sonaba y más horrísono estrépito movía la carcajada del diablo, que tenía en sus brazos al hijo de la jueza y le decía entre la risa: —¡Bien, bravo, ja, ja, ja, toca; eso, ra, ra, ra, ra!...

El niño, orgulloso de la revolución que había iniciado, manejaba la carraca como una honda, y gritaba frenético: “¡Mamá, mamá, he sido yo el primero! ¡Qué gusto, qué gusto! ¡Ra, ra, ra!” La jueza bien quisiera ponerse seria, á fuer de severa madre; pero no podía, y callaba y miraba al hermoso arcángel y al caballero que le sostenía en sus brazos; y oía el estrépito de las carracas como el ruido de la lluvia de primavera, que refresca el ambiente y el alma. Porque precisamente en aquel día había esta señora sentido grandes antojos de algo extraordinario, sin saber qué; algo, en fin, que no fuera el juez del distrito; algo que estuviera fuera del orden; algo que hiciese mucho ruido, como los besos que ella daba al arcángel de la melena; más todavía, como los latidos de su corazón, que se le saltaba del pecho pidiendo alegría, locuras, libertad, aire, amores... carracas. El magistral, que había acudido con sus compañeros de capítulo á poner dique á la inundación del estrépito, pero en vano, fingía, también en balde, tomar á mal la diablura irreverente de los muchachos, porque su conciencia le decía que aquella revolución le había ensanchado el ánimo, le había abierto no sabía qué válvulas que debía de tener en el pecho, que al fin respiraba libre, gozoso. Ni el magistral volvió á pensar en la jueza, ni la jueza miró sino con agradecimiento de madre al caballero que se parecía al magistral, á quien había mirado la espalda aquella noche antes de que entrase el caballero.

Los demás devotos, que al principio se habían indignado, dejaron al cabo que los diablejos se despacharan á su gusto; en todas las caras había frescura, alegría; parecíales á todos que despertaban de un letargo; que un peso se les había quitado de encima, que la atmósfera estaba antes llena de plomo, azufre y fuego, y que ahora con el ruido, se llenaba el aire de brisas, de fresco aliento que rejuvenecía y alegraba las almas.—Y ¡ra, ra, ra! ¡ra! los chicos tocaban como desesperados. Perico hacía sonar el carracón de la torre, y el diablo reía, reía como cien mil carracas.