Una tarde de Mayo, el doctor don Pánfilo Saviaseca estaba más triste que un saco de tristezas arrimado á una pared.
¡Ea! Se había cansado de estudiar aquella tarde. ¡Estaba tan hermoso el sol, y la tierra, y todo!
Leía á Kant; estaba en aquello de si la percepción del yo es ó no conocimiento analítico a priori.
Esto era en el Retiro, en lo más retirado del Retiro, si vale hablar así. Pánfilo estaba sentado en un banco de musgo.
Conque... ¿en qué quedamos?... ¿es, ó no es conocimiento analítico el que tenemos del yo? Así meditaba en el instante en que una galguita, muy mona, vino á posar las extremidades torácicas sobre La Crítica de la Razón Pura.
Era la realidad, la ciencia del porvenir en figura de perro, que se le echaba encima al buen sabio y le llamaba al sentimiento positivo de las cosas.
La galga no estaba sola. Se oyó una voz argentina que gritaba: “¡Merlina, aquí! Merlina, eh, Merli... Usted dispense, caballero, estos perros... no saben lo que hacen. Pero, Merlina, ¿qué es esto?”..., etcétera, etc., etc.
Y, en fin, que Eufemia, su tía, que tenía muchas ganas de casarla, y hacía bien, y don Pánfilo, hablaron y pensaron juntos.
Resultó que eran vecinos, y como la niña no tenía novio, ni de dónde le viniera, y como don Pánfilo se había convencido de que el yo no puede vivir sin el tú para que llegue á ser aquél, y que más vale ser nosotros que yo solo, hubo boda, no sin que derramase algunas lágrimas la tía, que lo había tramado todo.