Eufemia era una rubia hermosa.
Pero no tenía nada de particular, á no ser su primo, que no tenía nada de general, porque era alférez de Ingenieros, agregado, por supuesto.
Don Pánfilo, una vez dispuesto á ser un fiel y enamoradísimo esposo, se devanaba los sesos, aquellos grandísimos sesos que tenía, para encontrarle algo de particular á su Eufemia; pero no dió en la cuenta de que el primo era lo único que tenía Eufemia digno de llamar la atención.
Jamás había pensado en su prima Héctor González, que éste era el alférez; pero desde el momento en que la vió casada, se sintió tan mal ferido de punta de amor, que aprovechó la ocasión para renegar de las tiránicas leyes que no consienten á los primos enamorar á sus primas magüer estén casadas.
Pero ¿por qué se había casado Eufemia? No, no era Héctor hombre que retrocediese ante los obstáculos de esta índole; había leído demasiado libros malos para que semejante contratiempo le acobardase á él, agregado de un cuerpo facultativo.
Formó planes que envidiaría cualquier novelista adúltero de Francia, y se dispuso á comenzar la novela de su vida, que hasta entonces había corrido monótona entre guardias, formaciones y pronunciamientos.
III
En el ínterin, como dice un orador que yo conozco; en el ínterin, Pánfilo no pensaba más que en encontrarle el quid divinum á su mujer, sin que se le ocurriera dar con el quid de la dificultad.
Y así como Don Quijote averiguó al cabo que éste, y no otro, era el nombre significativo que convenía á la altura y calidad de sus proezas, Pánfilo entendió que Eufemia se distinguía por un delicadísimo gusto, que la inclinaba á lo más espiritual y sublime, á la quintaesencia de los afectos sin nombre, cuyos misteriosos matices jamás traducirán las Bellas Artes, ni la más profunda armonía, ni la lírica mejor inspirada. Oigamos, ó mejor, leamos á don Pánfilo:
“Pasan por el alma á veces extraños y sublimes sueños, adivinaciones de verdades del cielo, amorosas ansias, que no son, sin embargo, como la pasión ciega, sino como luz que estuviera enamorada del calor: pues todo esto es lo que siente y comprende Eufemia, mi mujercita, con maravillosa intuición. Sabe prescindir de la apariencia de las cosas, remontarse á la región ideal, que con ser ideal, es lo más real de todo. ¿Por qué me quiere á mí, sino por eso? Porque lee en mis ojos, tristes y apagados, el fuego que por dentro me devora. Un día me preguntó:—Si yo no te hubiera querido, ¿qué hubieras hecho tú?—¿Qué?—respondí.—Primero, llorar mucho, querer morirme y mirar de hito en hito á las estrellas; mirándolas, pensaría muchas cosas; me acordaría de mi infancia, de mi madre, de mi Dios, á quien adoré de niño, á quien olvidé de joven y á quien busco de viejo; y pensando estas cosas, no me olvidaría de ti, no, eso es imposible; sino que, mezclándote con todas ellas, poniéndote sobre todas, viendo bien claro, como lo vería, que las distancias de este mundo así en el espacio como en el tiempo, como en las formas, como en los sentimientos, son aparentes, y que todo acaba por juntarse, entenderse y quererse, viendo esto, me consolaría, y resignado, me pondría á estudiar mucho, mucho, para amar mucho y esperar mucho, y tener la seguridad de acercarme á ti al fin y al cabo, no sé dónde, ni sé cuándo, pero algún día, en algún lugar, donde Dios quisiera.