“Cuando Eufemia me oyó hablar así, no replicó; pero cerró los ojos y se quedó sintiendo y pensando todas esas cosas inefables que pasan por su alma en algunos momentos de extática contemplación. Cuando despertó de su embeleso, que bien habría durado una hora, me dirigió una dulce sonrisa y me dió un abrazo; pero nada dijo. ¿Qué había de decir? Me había comprendido, había penetrado la sublimidad de mi amor: eso bastaba.
“Aquella tarde vino á buscarla su primo González para ir á la Casa de Campo: ella no quería ir, pero al fin consintió á una insinuación mía, y se despidió de mí como si fuera al otro mundo. Y era que en aquel día inolvidable estaban tan unidas nuestras almas, que toda separación era dolorosísima.
“El alma de mi Eufemia es éter puro. ¡Cómo la quiero! Ella me inspira este buen ánimo que necesito para seguir, sin desmayar, en la formidable obra emprendida; quiero acabar para siempre con toda clase de pesimismo; quiero poner en su punto y en lo cierto la dignidad de la vida, la perfección de lo creado y la evidencia con que se presenta á mis ojos la finalidad de todo lo que existe, finalidad real á pesar del constante progreso y de la variedad infinita. Voy ahora á esperar á Eufemia, que debe de volver con su primo de los toros. Llevarla á los toros ha sido demasiada exigencia; pero como la otra vez yo la reprendí porque no era más amable con González, en esta ocasión se anticipó la pobrecita á los que consideraba mis deseos. ¡Como no vuelva desmayada!”
Lo que va entre comillas es extracto de un diario inédito.
IV
Ello es que el primo se había declarado á la prima. Había hablado él también de amores que en el cielo empiezan y siguen en la tierra; del más allá y del algo desconocido, trinando principalmente contra el derecho civil vigente y los matrimonios desiguales.
Que Eufemia quería á Pánfilo no debía ponerse en tela de juicio, y no se puso. No lo hubiera consentido Eufemia, para la cual era axiomático: primero, que su esposo era un sabio, y segundo, que ella le quería como á las niñas de sus ojos.
En vista de que el dogma era inalterable, Héctor procuró barrenar la moral, obrando como un sabio mucho mayor que su primo.
La mujer siempre es un poco protestante: piensa que fides sine operibus vale algo, y que á fuerza de creer mucho, se puede compensar el defecto de pecar no poco.