—Tu marido es un sabio, convenido; pero ¿y eso qué?—Esto dijo el primo, que fué como leer en el ya citado fuero interno de Eufemia.—Supongamos que tú te enamoras de otro hombre que sólo sepa lo que Dios le dé á entender, ¿bastará la sabiduría de tu marido para evitar lo inevitable?
Eufemia no tenía qué contestar.
De hipótesis en hipótesis, llegaron los primos
Al puente que separa
Á Eva inocente de Eva pecadora.
V
Dejábamos al doctor Pánfilo entre San Marcos y la puente.
Era una tarde de Mayo. Pánfilo escribía la última cuartilla de su obra, que iba á ser inmortal y que se titulaba: Eufemia. Investigaciones acerca de la dignidad y finalidad racional de la vida humana. Endemonología aplicada, basada en una arquitectónica racional de la biología psíquica, especialmente la prasológica.
Un rayo de sol, que entraba por la ventana, caía sobre el papel que iba emborronando el doctor. Escribía esto: “... Tal ha sido el propósito del autor; demostrar con argumentos tomados de la realidad viva que el predominio de la felicidad se observa ya hoy en nuestras sociedades civilizadas, sin necesidad de recurrir á la hipótesis probable, pero no necesaria, de ulterior sanción de otros mundos mejores. Debe, sí, el filósofo recurrir á la experiencia, pero no fijando sólo su examen en la propia individual; pues nada significa el apasionado testimonio del que lamenta desgracias peculiares; hay otra experiencia, que una sabia y bien ordenada estadística moral y civil puede suministrarnos, y en ella podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que sea lo que quiera de la propia fortuna...”
Al llegar á “fortuna”, sintió el filósofo que le sacudían el papel.