Era Merlina, la galguita de mi cuento, que se había subido á la mesa y se paseaba arrogante sobre Las investigaciones acerca de la dignidad, etcétera, etc.

Pánfilo suspendió su trabajo. Un recuerdo dulcísimo, el más querido de su vida, le trajo lágrimas á los ojos.

Á Merlina debía el doctor su felicidad propia, individual, sin necesidad de endemonologías ni de arquitectónicas biológicas, sólo por una casualidad, por una indiscreción de la perra, según frase de Eufemia.

Embelesado por este recuerdo, se estuvo el doctor largo rato pasando la mano izquierda por el lomo de Merlina.

La galguita se dejaba querer. Pero de pronto dió un brinco; saltó de la mesa á la ventana, y apoyó las patas delanteras sobre un tiesto. Las orejas se le pusieron muy tiesas, y aulló Merlina con señales de impaciencia. Parecía que deseaba arrojarse por la ventana.

Se levantó de su poltrona el doctor para ver lo que causaba tal impresión en su galguita.

En el jardín, dentro de la glorieta, Héctor González y Eufemia Rivero y González representaban en aquel momento la escena culminante de Francesca da Rimini.

Pánfilo oyó el chasquido de... El lector puede imaginarse qué clase de chasquidos se usan en tales casos.

El autor de las Investigaciones retrocedió instintivamente, se desplomó sobre el sillón y ocultó la cabeza entre las manos.