De cada amapola que veía en un campo de trigo se enamoraba perdidamente, y se tenía por un ingrato sin corazón, si de una sola llegaba á olvidarse. Cada vez que el sol se ponía, despedíale Pablo con lágrimas en los ojos. Cuando en sus paseos solitarios por la campiña encontraba á un pastor que le pedía fuego para encender tabaco envuelto en una hoja de maíz, Pablo entablaba conversación con él, y al alejarse para siempre de aquel desconocido sentía que “se le partía el corazón.”

Comprenderá el lector que vivir así era imposible.

Tanto más cuanto que Pablo no tenía sobre qué caerse muerto... ni vivo.

Un día, su señor tío don Pantaleón de los Pantalones tosió tres veces consecutivas delante de su sobrino Pablo, que le estaba comiendo un lado, según aseguraba el tío hiperbólicamente.

El discurso estaba á la vuelta y sobrevino, que el mal nunca se anuncia en balde.

—Pablo—dijo don Pantaleón—esto no puede seguir así.

Pablo suspiró.

—Esto no puede seguir—prosiguió el tío—porque tú ya tienes más de veinte años y no piensas en hacerte hombre, es decir, en hacerte hombre en la verdadera acepción de la palabra, hombre rico, porque el llamar hombres á los demás es una corruptela del lenguaje. Yo te veo muy ocupado en pensar si habrá ó no habrá habitantes en los demás planetas, y sé que tienes escritos muy concienzudos trabajos acerca de la naturaleza de lo bello. Todo eso será muy bonito, muy interplanetario, pero no tiene sentido común. Figúrate que yo aprieto los cordones de la bolsa. ¿Qué harás tú en adelante? ¿Te comerás la vía láctea, ó el concepto de lo sublime? Estás muy empingorotado y es necesario que bajes á la vida real para alternar con los semejantes. En una palabra, te voy á hacer tenedor de libros.

Ésta es ocasión de decir que Pablo amaba á Restituta con una pasión sin freno, como el huracán; sin medida, como el océano; sin pies ni cabeza, como la política española.

Restituta debió empezar por no llamarse Restituta. ¿Á qué venía ese nombre en participio pasado y casi en latín?