—¡Ah! pues cuente usted con ello.
—¿Con qué?
—Conque se morirá su tío de usted.
—Eso creo; pues decía que si el tío me deja, agradecido, unos cuartos, imprimo el libro; y en tal caso espero que usted me tratará como merezco. Yo no pido más que justicia. Lo que quiero es que usted se penetre de esta poesía y no hable sin enterarse. Lo mejor para esto es que yo mismo lea mis versos y le haga fijarse en sus transcendentales pensamientos.
—¿Sabe usted?... Me espera el barbero... Tengo una barba de tres días.
—¡Ah! ¿Usted se afeita?—exclamó el de las Catacumbas con acento de compasión... Que espere el barbero... Oiga usted la primera parte siquiera. El libro se titula El Requiem eterno. Primera parte: “Idilio del subsuelo”.
—Le advierto á usted que el subsuelo es del dominio del Estado...
—El subsuelo es aquí el del cementerio. La segunda parte, que leeremos otro día, se titula “Fuegos fatuos”; la tercera, “Responsos de mi lira”, y la cuarta, “Rimas de luto”. Le advierto á usted que yo prescindo de la forma.
—Hace usted bien; yo que usted, prescindiría de todo, hasta de la madre que me parió...