Desde que fué juez de oposiciones, Trascendencia se creyó en sazón para considerarse, sin prejuicio ni sobrestima, un hombre importante, de la clase de los sabios, subclase de los filósofos.
Pero vino Pavía y el sistema filosófico de don Ermeguncio se disolvió como el Congreso. Aquella crisis de la política coincidió con una crisis económica de Trascendencia.
Los sucesos le cogieron sin un cuarto. Comprendió que no había modo de sacarle jugo á la filosofía con la nueva situación. En la Universidad ya no se hablaba del concepto de nada, en los periódicos todo se volvía personalidades, politiquilla vil y rastrera.—Apliquemos—se dijo—la filosofía á la vida real, á la actividad de los intereses temporales, en una palabra, hagamos filosofía de la historia.—Y por recomendaciones de un ex ministro entró en una redacción en calidad de redactor de fondos filosófico-políticos y revistero de libros y teatros. Sus artículos se titulaban La política esencial, El formalismo político, Más principios y menos personas, etc., etc. Pero nadie los leía, ni el corrector de pruebas, que dejaba pasar todos los perjuicios de los cajistas en vez de los prejuicios de don Ermeguncio. Una vez hablaba el redactor de la infinita bondad de Dios, y los cajistas pusieron la infinita bondad de Díaz, produciendo una especie de antropomorfismo que estaba Trascendencia muy lejos de profesar. Estas erratas le desesperaban, pero su pena era ociosa, porque nadie leía sus artículos.—Casi me remuerde la conciencia—se decía—de cobrar trabajo tan inútil; porque no está el país para esta política fundamental.—Ignoraba el mísero Trascendencia que en aquella redacción no se cobraba. Al redactor que pedía el sueldo se le echaba á la calle por insubordinado.—¡Cómo!—exclamaba el director—¿usted piensa que aquí nadamos en oro? ¿Que vivimos de subvenciones? No, señor; aquí se juega trigo limpio.—Ni limpio ni sucio, porque no había trigo. Don Ermeguncio tuvo que convencerse de que en España el periodista suele ser tan filósofo como el primero en lo de no cobrar.—¡Y para esto—gritaba comiéndose los codos,—para esto abandoné yo mis trabajos especulativos y mis visiones poéticas!—Y suspiraba pensando en sus estudios de antropología y en su oda á la influencia.
Así pasó mucho tiempo, esperando la edad de la armonía, como él llamaba al primer pronunciamiento que le trajese á los suyos, y fumando pitillos prestados. Sí, prestados, porque Trascendencia, con el hambre sentía una ansia de chupar que estaba muy por encima de su presupuesto, y tuvo que arrojarse á naufragar en una inmensa deuda flotante de tabaco rizado. Era un préstamo de consumo que le hacían gustosos sus admiradores, á los que prometía pagar con creces cuando él fuera á Filipinas á arrancar la enseñanza pública de las garras de los frailes y á arreglar la cuestión del tabaco. Don Ermeguncio asistía al café de París después de comer (los demás), y asistía allí porque economizaba medio real... á sus amigos. En cambio, en papel les gastaba el oro y el moro. Pero ¡qué importaba, si sabía tanto y era amigote de don Pedro y de don Juan, unos personajes que le tuteaban!
Uno de sus estanqueros, como él los llamaba en broma, le ofreció cierta noche una canongía: una correspondencia pagada para un periódico de provincias. El periódico se llamaba El Faro de Alfaro. Á pesar de la cacofonía del título y de lo cursi de la redacción, Trascendencia aceptó los doce duros mensuales y la carta diaria sobre política, ciencias, artes, agricultura, y especialmente todo lo relativo á los intereses del país, tal como insultar á los diputados de la provincia por su morosidad, etc., etc. Además había que hablar mucho del Ateneo, de los estrenos y decir chistes, terminando siempre con le mot de la fin, como los periódicos de París.
Muy de otro modo entendía Trascendencia la misión del corresponsal concienzudo; pero hubo de transigir, y olvidando que llevaba dentro de sí al autor de la oda á la influencia, y al juez de oposiciones, se puso á escribir su primera carta al director de El Faro de Alfaro.
La primera dificultad con que tropezó fué que no sabía dónde estaba Alfaro, ni si era puerto de mar, ignorancia muy común en filósofos y literatos españoles. Su amigo, que era de allí, y por eso lo sabía, le enteró de todo, y le dijo además que á quien había que dar de firme era al alcalde; porque llamarle bruto desde el pueblo no tenía gracia; pero diciéndolo desde Madrid era cosa de que él mismo lo creyese. En fin, don Ermeguncio empezó:—Señor director...
¿Pero qué le iba él á hablar á un director que pedía noticias frescas de todo: de la Bolsa, del Congreso, y así discurriendo, hasta noticias frescas del pescado fresco? Trascendencia no sabía nada de nada. Le faltaba ropa decente para entrar donde se pescan las noticias; no conocía á nadie, y si preguntaba algo, le engañaban de fijo.—Pero, ¿qué le importará á esta gente saber los chismes de Madrid? ¿No les basta con los de su pueblo? ¡Cuánto mejor les estaría que yo les hablase de los adelantos de la psicología, que ahora resulta ser puro monismo (de esto hace años) y que les diese mi opinión acerca de la religión de los animales, opinión que acabo de adquirir en la Revista positiva!—Pero no había remedio; había que someterse á las exigencias de la preocupación vulgar, y Trascendencia inventó un sistema: copiar el Diario de Avisos, para la sección de intereses materiales, y La Correspondencia para la de intereses morales; pero lo que copiaba de La Correspondencia lo ponía en cuarentena, y con tan plausible motivo dejaba á la juguetona musa de los chistes hacer de las suyas. ¡Qué tal serían los chistes de Trascendencia que ni á él mismo le hacían bendita la gracia! En cuanto á le mot de la fin lo copiaba de Charivari y del Fígaro alternativamente.
Otra gravísima dificultad para don Ermeguncio era que no sabía empezar nunca á hablar de lo que debía. Que se habían descubierto unas carpetas falsas; pues empezaba así la carta al Faro de Alfaro:
“Señor director: El hombre es un compuesto de alma y cuerpo; de aquí que esté íntimamente ligado con la naturaleza y tenga necesidades económicas; la esfera propia de la actividad económica en el Estado en lo que se llama hacienda pública...” y por ahí adelante; cuando llegaba á hablar de las carpetas, ya no cabía la carta en el periódico.