Llegó la hora de cobrar. Giró, y la letra volvió protestada. El Faro de Alfaro había muerto. Los suscritores no querían un periódico que no sabía más noticias de Madrid, sino que todo lo real es racional y viceversa, según Hegel.
Trascendencia volvió los ojos al teatro. Era preciso regenerar la decadente dramática y hacerse unos pantalones, porque los puestos se le caían á pedazos. Al fin en el teatro se cobra.
Escribió un drama que se titulaba... Prejuicios contra prejuicios.
El empresario del Español preguntó á don Ermeguncio:
—¿Qué significa esto? Querrá usted decir: “Perjuicios contra perjuicios”, y aun así no se entiende muy bien.
—¡Dale! ¡Lo de siempre! No, señor; prejuicios contra prejuicios quiero decir.
—Bueno, pues dígalo usted; pero no será en mi teatro donde se estrenen esos prejuicios que usted dice, y que yo tengo por perjuicios para mí.
—Le cambiaré el título á la obra.
Y volvió con ella al teatro: ahora se llamaba Antítesis de la vida.