—Déjela usted ahí—dijo el empresario.
Y allí se pudrieron las antítesis. Don Ermeguncio de la Trascendencia, que hasta entonces había creído que el mal es accidental en la vida y debido sólo á nuestra finitud, comenzó á darse á todos los diablos del infierno, aunque no los llamaba por su nombre, porque él no creía en la demonología ni en la angelología. De lo que él estaba seguro era de que había nacido con la suerte más perra del mundo.
—Indudablemente yo no soy de mi siglo. Feliz el señor Núñez de Arce que es de su siglo, como dice en sus versos; yo no, yo no debía haber nacido hasta que llegara la edad de la armonía. Uno de esos poetas que persiguen el ideal, y de camino el turno pacífico, consiguen al cabo el turno, aunque el ideal sea inasequible. Pero yo no consigo nada.
Ermeguncio hizo el último esfuerzo.
—Voy á escribir—se dijo—una obra inmortal de filosofía; se la llevo á un editor, y si me la paga, como, y si no, que él se las arregle con el fallo inapelable de la historia.
Y dicho y hecho. Comenzó á llenar pliegos y más pliegos de filosofía, y cuando tuvo escritas dos mil páginas de investigaciones ascendentes y otras dos mil de las descendentes, se presentó á un editor que á la sazón publicaba El latente pensante, traducido al chino.
El editor era muy bruto. Esto no tiene nada de particular.
Siempre había tenido un criterio muy raro para las obras del ingenio humano en siendo escritas. Él había sido maestro de escuela, y nadie le sacaba de sus trece: el mejor escritor es el que mejor escribe. Esto pensaba Sánchez el editor, aunque no se atrevía á decirlo, porque la opinión general era muy distinta.
Don Ermeguncio le presentó sus resmas de filosofía ascendente y descendente, y ya temía que Sánchez se las tirase á la cabeza, cuando notó que el concienzudo editor abría los ojos y la boca, tan asombrado como podía estarlo un partidario de Torío, que ya no esperaba ver una gallarda letra bastardilla en lo que le quedaba de vida.
Sánchez dejó sobre la mesa la filosofía de ida y vuelta con el respeto con que el sacerdote deja el copón en el sagrario, y abriendo los brazos, cerrólos después que tuvo entre ellos, y le apretó á su gusto, al autor insigne, al escritor de los escritores, al escritor de mejor letra que había conocido.