—¡Esto es escribir, esto es escribir, y lo demás son cuentos!—exclamó Sánchez; esto es Torío puro, Torío sin mezcla. Usted conserva la buena tradición; usted es mi hombre. Esto no se imprimirá como cualquier libro con letra de molde; esto se conservará en litografía; esto debe pasar á la inmortalidad como monumento caligráfico. Y usted, joven ilustre, flor y nata de los pendolistas, el mejor escritor del mundo, usted tendrá casa y mesa, y dinero para el bolsillo, y el oro y el moro, porque yo le tomo á usted á mí servicio; usted será mi secretario, mejor dicho, mi escribiente.
Trascendencia dudó entre matar á aquel hombre, incapaz de comprender su sistema, ó aceptar la plaza que le ofrecía.
Y siendo filósofo de veras por la primera vez en su vida, dijo:
—Seré su escribiente de usted.
—Pero júreme usted conservar estos perfiles, estos rasgos, esta santa y pura tradición de Torío...
—Lo juro.
Y Ermeguncio vivió feliz, cobró á toca teja, y no volvió á pasar hambres ni filosofías.
Al fin había seguido la vocación.
Había nacido para escribiente.