El corresponsal del Hipódromo escribió á su perfumada revista lo siguiente:
“Hemos tenido también nosotros en Z... nuestro drama, tragedia mejor dicho. Gracias á esto, hay algo de qué hablar. El señor X... conocido en Madrid por su afable trato en los círculos más distinguidos, ha sido el héroe. En traje de baño, si traje se puede llamar á unos sencillísimos calzoncillos de punto, salió á la playa y entró mar adentro con rumbo á la eternidad. La señora de V..., esposa de un modesto empleado se bañaba con su marido, y al pasar cerca de ella el señor X... indicado, le dió un sonoro beso en la frente, así como suena, y lanzando una carcajada histérica cayó en las olas sin sentido. El señor V... acudió en vano á salvar á la no muy casta esposa; con la fuerza del paroxismo la robusta dama sujetaba al nada atlético esposo, y en tanto las amargas olas, con esa fría impasibilidad de la naturaleza, arrastraban á la infortunada pareja. Ambos hubieran perecido á no estar cerca el señor X... que pudo sacar á la arena al señor V... donde le dejó antes que volviera en sí. El señor X... se echó otra vez al agua; los circunstantes, gente toda de Madrid, le dejaron hacer: creyeron que esta vez iba á salvar á la dama... pero se le vió desaparecer entre las amargas olas, y ni la señora de V... ni el señor X... volvieron á la arenosa playa, hasta que la marea trajo horas después dos cadáveres.”
Cuando leyó don Restituto la confesión de su esposa en el libro de cuentas, exclamó: ¡Yo te perdono! Después meditó y dijo:
—Y á él también le perdono. ¡Al fin le debo la vida! Si no es por él me ahogo en el mar ó... en mi cara esposa.
LA PERFECTA CASADA
Don Autónomo, que celebraba sus días en Septiembre, pues en ese mes “cae” San Autónomo, y que lo diga la Leyenda de Oro; don Autónomo Parcerisa acaba de comer opíparamente rodeado de su esposa é hijos, muy satisfecho, alegres todos, felices. No había familia más dichosa en el mundo. Vivían en una mediocritas si no áurea, por lo menos de plata sobredorada, la cual les permitía en los días que repicaban en gordo tirar la casa por la ventana, en forma de símbolo, por supuesto; es decir, sin pagar una onza en el gasto extraordinario, que lo demás quedaba muy guardado en la caja de caudales, en el Banco y en las arcas de la Equitativa, donde don Autónomo se había asegurado.
Serafina era un serafín; mujer más angelical no la había: era la perfecta casada de Fray Luis, pero á la moderna, con costumbres algo menos devotas, pues si no, hoy ya no hubiera sido la perfecta casada. Nada de gazmoñería, virtud expansiva, alegre; sacrificio constante de su egoísmo al interés de su marido é hijos, pero sin que se conociera esfuerzo alguno, con divina gracia. Parecía una mujer como todas y era la mejor de todas.