No hacía valer su fidelidad (y era guapísima y muy codiciada) como un mérito: esta pretensión le hubiera parecido ya una especie de adulterio. Así como á nadie se le ocurre en una sociedad de personas distinguidas, nobles, ricas, finísimas, que uno de aquellos duques, ó generales, ó ministros, se va á llevar un candelabro de plata, por ejemplo, y nadie piensa en el robo posible, pero una posibilidad infinitesimal, por decirlo así, tampoco se le pasó jamás por las mientes á Serafina ser infiel á su Autónomo por pensamiento, de palabra ú obra.

Y como no había manera de reprenderle por nada, de reñirle, jamás le había reprendido; nunca habían reñido. Estaba íntegra la vajilla é íntegra la paz conyugal.

De todo lo cual llegó, á fuerza de años, á sacar en consecuencia Autónomo que así no se podía seguir, que había que acabar de cualquier manera.

En esto pensaba precisamente aquel día de su santo, después de los postres, cuando ya los niños se iban despidiendo del padre porque los reclamaba el lecho.

Todos se acostaban sin protestar, y eso que estaban seguros de que su madre no les hubiera negado permiso para velar un ratito. Ellos lo deseaban... pero no, ¿para qué? La mamá les tenía demostrado que era cosa nociva, y además, la hubieran disgustado, aunque ella no lo dejara ver: nada, nada, á la cama.

—Buenas noches, papá.

—Santas y buenas, hijos míos, santas y buenas.

Y seguía pensando don Autónomo: “Vea usted. Ahora me iría yo de muy buena gana á jugar un tresillito al casino. Siempre pierdo, es verdad, pero ¿y qué? No es mucho y me divierto. Pero no voy, imposible. Si anuncio que salgo ésta se reirá lo mismo absolutamente que si le digo ‘Me voy á la cama’, que es lo que á ella le gusta, porque sabe que me conviene madrugar, para el estómago y para los negocios... ¿Quién le da un disgusto callado sin grandes remordimientos? Pero... la verdad es que hoy... día de mi santo...”