Sin embargo, decidió tener un rasgo de energía que no hacía falta, y poniéndose en pie exclamó:
—Ea, chica, dame... la palmatoria, que me voy á la cama.
Y se acostó, se acostó como los niños.
Y en cuanto se vió entre las sábanas se sintió como en presidio, como en el cepo, y echaba pestes contra sí mismo, pues contra su mujer no había por qué.
—¡Voy á saltar de la cama! ¡Salto! ¿Quién me lo impide?
Y no saltaba por eso mismo, porque era su derecho, porque nadie lo impedía; y su mujercita le hubiera acercado la ropa muy contenta, y le hubiera alumbrado hasta la calle, sonriente.
Se quedó dormido protestando contra la excesiva virtud de su esposa, que por ser una santa le obligaba á él, para no tener terribles remordimientos, á ser, por lo menos, el beato Autónomo.
Y pasaban días y días, y siempre así.
En fin, llegó á encontrarse con todos sus vicios extirpados, incapaz de la menor calaverada, que hubiera sido terrible ingratitud para con aquella santa familia en que él mismo se veía con su aureola resplandeciente.
—Pero, señor, si yo no iba para santo; si esto es á la fuerza. ¡Esto no es la perfecta casada, esto es la pluscuamperfecta!