Y poco á poco le creció la manía hasta el punto de aborrecer, á su manera, á aquella mujer, á quien adoraría de rodillas, y por no disgustar á la cual estaba él ganando el cielo.
Y de una en otra, vino á parar en comprar una maquinilla manual de imprimir, y se encerraba en su casa, imprimiendo en tarjetas, volantes, besalamanos, etc., las mismas palabras, pocas. Y después, de noche, los llevaba al correo y estaba cinco minutos echando papel por la boca abierta del león, pasmado de tanta correspondencia.
Había comprado el libro de las cien mil señas y había dirigido á todos los periódicos del mundo, ó á muchos por lo menos, á las agencias, á los abogados, obispos, diputados, cónsules, jueces, alcaldes, banqueros, etc., etc., la misma noticia, que los importaba igualmente á todos: nada.
El juez de guardia, que la recibió también, fué el único que hizo caso de ella. Decía así el volante que recibió: “Me mato por no aguantar á mi mujer.”
Y en efecto, Autónomo se suicidó de veras.
Por más que se hizo, no se pudo ocultar la terrible catástrofe á Serafina; y lo peor fué que, por la inmensa publicidad que el suicida había dado á la noticia, tardó muy poco en llegar á conocimiento de la santa esposa la causa del suicidio. ¡Su marido se mataba por no aguantarla á ella!
El buen sentido hizo que el público en masa, conocidas las cualidades de la virtuosa señora, declarase que aquel hombre se había vuelto loco de pura felicidad doméstica. Sólo así se explicaba el absurdo de matarse por no aguantar á la perfecta casada.
Sin embargo, cierto solterón empedernido amigo del difunto, decía:
—Á la muerte de Autónomo no se le ha sacado toda la filosofía que tiene. No estaba loco. Lo que ha hecho es dejarnos ejemplo con su muerte. La filosofía de ese suicidio es ésta: “Me mato por no aguantar á mi mujer.” Pero su mujer es la mejor del mundo. Luego... la mejor de las mujeres es inaguantable. ¡Lo que serán las otras! ¡Y lo que será el matrimonio!