Este Autónomo es el redentor de los célibes.

EL FILÓSOFO Y LA “VENGADORA”

(CORRESPONDENCIA)

I

Amigo mío: aunque vivo lejos del mundanal ruido, no dejo de enterarme por los periódicos de los sucesos públicos más interesantes, en particular de los que atañen á la vida literaria contemporánea, que sabes cuánto me llama la atención, por el gran valor social que atribuyo á sus manifestaciones. Pues bien: he leído el monólogo de Teresa, la vengadora de Sellés, y he visto que al público no le ha parecido inverosímil que una mujer de esa clase, de esa vida, sepa hablar tan bien y pensar tan profundamente. El buen éxito de la Teresa de Sellés me anima á publicar, por tu conducto, si aceptas el encargo, esta especie de Heroídas en prosa que adjuntas te remito y que son, como verás, una correspondencia entre una verdadera vengadora y este humilde filósofo, según tú y otros amigos me llamáis, tal vez por burlaros de mis aficiones. Mi vengadora es más sabia que Teresa, hasta es pedante y muy aficionada á psicologías, según consta en esos papeles. He tenido guardadas estas cartas porque, si bien me parece que tienen cierto sabor literario (y perdona la inmodestia, por lo que toca á las mías) no creí hasta ahora que el público pudiera encontrar verosímil esta clase de damas de las Camelias casi idealistas, retorcidas y alambicadas de espíritu, pero no arrepentidas ni tal vez enamoradas. Y que existe la mujer así es evidente: yo he conocido, he visto ésa, de carne y hueso, y para que tú la conozcas también, en espíritu, le dejo la palabra. Lee, y si te parece, publica.

Tuyo,

El filósofo.

II

Señor... filósofo: perdone usted, ante todo, que no le llame por su nombre. Fernando no ha querido decírmelo ni en presencia de usted ni á solas: usted tampoco ha querido ser menos misterioso; de modo que respeto... á la fuerza, el incógnito, y le llamo por el mote que le han puesto sus amigos. Pero conste que es á la fuerza, no porque yo quiera usar con usted una familiaridad á que no tengo derecho y á la cual usted no ha dado, por cierto, pretexto en el corto lapso de tiempo (como dice Mambrú) que he tenido el honor de tratarle. Además, por mi gusto, aunque pudiera legítimamente hablarle á usted, en broma, en estilo festivo (Mambrú), no lo haría hoy, y le confieso que con mucho gusto le llamaría mi estimado don... Pepe, por ejemplo, ó Pepe ó Juan ó lo que sea, á secas. No estoy para bromas. Además (y van dos), me tiembla el pulso al escribir. Para mí la situación, ó el momento, ó como se diga, es solemne. Escribo, acaso por primera vez, á un hombre honrado; pues me inclino á creer que usted lo es, en efecto, no por las apariencias sólo, no porque le llamen filósofo, y Fernando diga que usted tiene mucho talento, pero no vive en la realidad; estos serían, en todo caso, indicios de su honradez de usted, pero no bastan: le creo hombre honrado por otras señas que observé en el citado lapso de Mambrú.—Y ¿qué es un hombre honrado?—dirá usted.—¿Cómo cree ésta que por primera vez escribe á un hombre honrado, cuando tantas cartas... habrá escrito á Fernando... y al barón de X y á Paquito H y... ¡etc., etc., etc., etc.!!!—Pues sepa usted, señor filósofo (por mi gusto se llamaba usted mi querido don Andrés, como mi padre) que ni Fernando ni los demás perdidos son para mí hombres honrados. ¿Qué es entonces un hombre honrado? Lo mismo que una mujer honrada. Son hombres deshonrados los que tienen tratos con las mujeres... que tienen tratos con esos hombres: ni más ni menos. Do ut des, como dice Mambrú, aunque no sé si viene á pelo. Esto no quiere decir que yo tenga por malo á Fernando, eso no; pero no es lo mismo. Tampoco yo soy una mujer honrada y me tengo por buena. Ya ve usted que soy bien franca y que no juego á la demi mondaine. ¡Ah! No. ¡Viva España! Si yo fuera literata no hablaría como esas señoras sospechosas que he visto representar á la Duse y á la Tubau: hablaría como la Celestina, que es una comedia, ó novela en conversación, que me leyó Fernando y me gustó mucho... Pero vamos al grano. Usted es un hombre honrado, ó me lo parece, y esta novedad me infunde un respeto extraño (á ratos, cuando estoy de broma, loca, si me acuerdo de usted... se me escapa por dentro la risa) y... si he de ser franca del todo... me entraron, al fijarme en el modo que usted tenía de no mirarme, vivos deseos de hacer que me mirara y admirara... y deseara. Todo esto pasó, me pesa, y por eso se lo digo (y perdone tanto seseo). Á los ojos no me miró usted más que un momentín muy pequeño que no debe de merecer el nombre de lapso. Usted también debe de acordarse. Es usted el único hombre que entró en esta casa, desde que vivo con Fernando, á quien no le conocí ni asomos de intención de burlar al amigo y quitarle, más ó menos completamente, la fidelidad cuasi conyugal de su Nila. Pero hizo usted otra cosa: se llevó usted el retrato que había sobre la cónsola, como dice Trini. Fernando, que miente cuando es necesario, y eso que es casi tan pensador como usted, jura y perjura que él no le regaló el cuadrito, y como yo estoy segura de que usted fué quien se lo llevó, de que el cuadro desapareció cuando usted salió de casa; como es imposible que fuera el ladrón alma nacida no siendo usted (no admito discusión sobre esto) resulta... eso... que ha robado usted el retrato de la señorita Elena, la hermana que se le murió á Fernando. No es probable que usted se atreviera á llevarse el cuadro sin pedirlo; pero sí creo que de Fernando no salió el ofrecérselo. Fué usted quien, ya que no me ofendió deseando mi infidelidad, me maltrató sin decírmelo, advirtiendo á Fernando que el retrato de su hermana parecía mal en la casa en que vivimos juntos. (De que se lo llevó usted estoy segura; porque Fernando no se lo tragó. Yo le registré en cuanto usted salió, y á la calle no pudo tirarlo, y en casa doy fe de que no está. Usted lo tiene). Él dice que estuvo usted algo enamorado platónicamente de su hermana Elena, y que por eso...