No es eso. Es que usted cree que yo no debo tener en mi casa el retrato de esa señorita. Yo pensaba que no había pecado ni ofensa en ello; que bastaba con no haber creído prudente, por el qué dirán, sólo por eso, que entrase en casa ni una hilacha, ningún recuerdo de la pobre difunta... de la otra difunta. Sea como quiera (Mambrú), digo, no, séase de esto lo que quiera, yo acato el superior criterio de usted; pero se me figura que si en vez de encontrarse con Cristo se encuentra con usted la Magdalena, se quedan sin santa de su devoción las Arrepentidas. En resumidas cuentas, si usted quiere... devuélvanos el retrato (á no ser que jure haber amado á esa señorita). Como usted, aunque filósofo, no lo sabe todo, ni lo entiende todo, no sabe, no comprende el papel que ese cuadrito desempeñaba en la casa. Era objeto de una especie de culto doméstico, nuestros dioses lares, nuestros penates, ó como se diga: algo así como un pebetero de buen olor de honradez, de intimidad digna, noble. Fernando y yo, que somos á ratos unos locos, nos hemos empeñado en que el amor todo lo vence (ó la pata de cabra), y llegamos á figurarnos que somos... no marido y mujer, que eso no hace falta, y dice Fernando que mujer se tiene una sola, sino algo que, sin ser matrimonio, ni querer imitarlo, y sin dejar de ser amor, es otra cosa también digna á su modo, no honrada, pero otra cosa, tal vez mejor, allá, en alta metafísica. En fin, esto se lo explicará á usted Fernando, si hablan de ello, mejor que yo. Y eso que, no crea usted, puesta á ello, yo también podría analizar con el escalpelo de la crítica (Mambrú puro) estas quisicosas del alma en sus relaciones con el medio ambiente. (Repito que dispense usted las bromas: no domino el estilo: él me lleva á mí y por la costumbre de hablar siempre en guasa escribo de esta manera... cuando quisiera escribirle á usted como el devocionario).

Conque ¿nos devuelve usted el retrato? Por si se niega, ahí le mando á usted por Petra ese paquete: es un escapulario de mi madre que yo he traído casi siempre conmigo. Ahora caigo en la cuenta de que, si el retrato de la señorita Elena se mancha estando sobre una consola de la sala, este recuerdo de mi madre, bendito por añadidura, porque está tocado al Santísimo Cristo de las Cadenas, se mancha exponiéndose al roce de Fernando, que es tan... tan corrompido como esta servidora. Ó vuelve el retrato y admita usted los tiquis miquis sentimentales y suprasensibles de nuestro arreglo, ó quédense en poder del hombre honrado las dos cosas. Y, más diré (Mambrú), si usted nos devuelve el retrato... por el favor... y por un no sé qué, porque eso otro es más serio, más... religioso, más... del alma, quédese usted, si quiere, de todos modos, con el recuerdo de mi madre que le envío por Petra. Su affma. s. s. y a. q. b. m., Nila.—Va sin señas el sobre porque no sé cómo se llama usted ni dónde vive... (Petra lo sabe... pero ésa no lo dice; fué ama de cría de Fernando; está juramentada... Pequeñeces de la vida semiconyugal. Fernando es así. Él dice que es una broma el no dejarme saber quién es usted... Me deja escribirle... con esta condición: que no he de volver á verle ni he de saber dónde está, ni cómo se llama). Petra también dice que es broma y se ríe á carcajadas. En el fondo me halaga estar un poco presa... y con espías. Fernando no lee mis cartas: dice que le basta con leer lo que usted me conteste... si se lo permito. Petra no sabe leer. Yo puedo decirle á usted lo que quiera, siguiendo la broma; pero usted á mí es seguro que sólo me dirá lo que deba. Es una diversión como otra cualquiera y que Fernando me otorga, á cambio del teatro. Lo malo es que usted se cansará pronto de esta comedia. Pero... no deje de contestarme, por lo menos á esta primera de retratos, como diría Sancho. (¿Eh? ¡Qué erudita!)—Vale.

III

Mi estimada amiga: es de mi obligación, aunque me pese, romper á las primeras de cambio el encanto de la novela misteriosa, y á su modo picaresca, que usted tenía tramada y cuyo primer capítulo viene á ser la carta habilidosa á que contesto. Si en las comedias todo lo comprenden á lo último, yo, para que no haya comedia, le declaro que lo he comprendido todo desde el principio. Casi todo. Ni Fernando le ha callado á usted mi nombre, ni le ha prohibido saber dónde vivo, ni Petra ha sido nodriza, ni él desconfía de nosotros, de mí particularmente, ni, mucho menos de usted, en el sentido de creer que mi prosa puede ser pólvora en salvas para seducir á usted, y que, en cambio, mi presencia corporal pudiera vencerla. Esto es lo que usted quería dar á entender... Comprendido; pero no hay tal cosa: es una estratagema de usted: la trama de su novela. Queda deshecha. Le advierto que Fernando no sabe lo que usted me ha escrito; ignora que usted quería componer una novela en colaboración con el filósofo. Yo le he preguntado lo que necesitaba saber para cerciorarme de que usted fantaseaba, pero de suerte que él nada pudiera sospechar del secreto fin de mis preguntas.

También es obligación mía advertir á usted que de Fernando á mí hay un género de intimidad espiritual que usted no puede sospechar adónde llega. Usted es muy lista, sabe mucho (la aparente frivolidad y el desaliño contrahecho de su carta tampoco me engañan), ha leído usted mucha psicología... de novela y aun algo de literatura mística. Ya ve usted si estoy enterado. Pero, permítame que se lo diga: una mujer, como no sea una mujer extraordinaria, un monstruo verdadero, no llega en estas materias adonde llegan los hombres... cuando llegan. Sé que usted es capaz de comprender mucho más de lo que pudiera inducirse á juzgar por su carta... en la que imita usted á ciertas damas alegres de novela y comedia... Es más; adivino que si usted vuelve á escribirme, convencida de que he conocido el disfraz, se pondrá otro muy diferente, y acaso le dé por presentárseme hecha una Hipatía moderna. Pues con todo eso, no es probable que usted pueda comprender de qué clase es la intimidad espiritual de Fernando y el que suscribe. Tenga usted cuidado, por consiguiente, con lo que me dice. Lo que usted y Fernando puedan confesarse, comunicarse en los momentos más sublimes de esa metafísica amorosa que todo lo perdona, todo lo santifica, etc., etc., no tiene comparación en profundidad, solemnidad y... bondad, con lo que en otra clase de expansiones nos decimos ese perdido, como usted le llama, y este hombre honrado, que lo es, en efecto, en la acepción que da usted á la palabra. Honrado... hasta cierto punto. Y para que no vuelva usted á reirse de mí, en esos momentos en que no es usted mística... á su manera, le voy á contar un cuento. Hay un escritor en París (amigo y algo así como correligionario de M. M. B. á quien usted tanto conoce), el cual es propagandista y director en cierto modo del movimiento neo-idealista, ó neo-religioso, ó neo... lo que usted quiera, de que tantas veces habrá hablado con usted M. M. B. Pues el tal escritor en un artículo reciente nos cuenta que otro amigo suyo (no M. M. B.), que quería convertirse á la nueva escuela ó tendencia, así como idealista y religiosa, le decía un tanto alarmado:—Pero, vamos á ver, esto de la nueva idealidad, de la futura religiosidad ¿significa... que no va uno á poder mirar á las mujeres bonitas?—El filósofo cuasi-místico le reanimó diciéndole que no se trataba de votos de castidad, ni de abstinencia que, por modestia se seguía dejando á los sacerdotes verdaderos, á los de carrera. Pues bien, amiga mía: yo soy de la escuela del amigo de su amigo de usted. Yo miro á las mujeres bonitas y consagro no pequeña parte de mi vida á estar enamorado á mi manera. El amor no es pecado ni pequeñez cuando se le sabe conservar su mayor encanto, que es la ilusión. Así como Gœthe, en el Fausto, segunda parte, que usted leyó en Granada, en la Alhambra (¿estoy enterado?) hace decir á Manto en la Walpurgis clásica Den lieb ich, der Unmögliches begehrt[1] yo opino que el amor imposible es lícito... al que, por una razón ó por otra, no debe amar en una mujer lo posible.

Yo, por motivos que no son del caso, no puedo amar lícitamente á las mujeres que encuentro por ahí, si se ha de entender por amar pretender poseerlas. (Palabra bárbara, grosera, aunque no tanto, como aquélla que abunda en nuestros poetas clásicos: gozarla).

Por esto consagro mi idealidad amorosa, fuerza inexorable, invencible, que ha de ser respetada si no se ha de mutilar la representación poética, animadora de la vida, á las vírgenes pudorosas, inasequibles, de las que estoy seguro que no serán mías. En cuanto veo en ellas este imposible moral que dignifica mi ilusión, á ésta me arrojo sin miedo, remordimiento ni medida. No digo, amiga mía, que esto sea una perfección moral, ni mucho menos, ni me propongo como dechado; no hago más que declarar cuál es el expediente á que he podido llegar yo para resolver, interinamente á lo menos, esta dificultad que engendra la oposición entre ciertas leyes sociales, consuetudinarias, hoy por hoy indispensables, y algunas tendencias naturales que constituyen elementos insustituíbles para la vida estética armónica. Hablo de esto, principalmente, por que usted vea que yo no bajo la vista en presencia de la mujer, sino que por principios me enamoro, á mi manera, exclusivamente de las mujeres puras, de las que no son capaces moralmente de amar, ó mostrarlo al menos, á un hombre que no puede contraer justas nupcias. La mujer imposible es mi único tópico amoroso. Ya lo sabe usted. De modo que entre nosotros no hay flirtation posible; y, además, no cabe mirarme como un seminarista escapado: soy tan hombre de mundo como cualquiera... que no practique. Ni una tentación para los momentos de mística diabólica, ni una figura ridícula para los momentos de epicurismo reincidente. Tengo un verdadero placer al escribir todo esto, seguro de que usted me entiende. Lo cual no quiere decir que usted lo entiende todo. No, ciertos lazos que nos unen á Fernando y á mí, y de que él tal vez está olvidado por algún tiempo, usted no puede verlos. Su vista espiritual es sutil, pero no tanto. Y ahora á otra cosa. No quiero ser traidor. Sé su historia de usted... hasta el punto que usted ha querido que la supiera Fernando.

Y un poco más allá, por ciertos cálculos de trigonometría psicológica que hicimos entre Fernando y yo, y después yo solo, Fernando no le ha jugado á usted ninguna partida serrana, al contarme sus confidencias. No puede usted figurarse adónde llega la intimidad de dos amigos verdaderos; qué secretos se cuentan cuando casi emborrachados materialmente por las mutuas confesiones de idealidades, aventuras poéticas, vaporosas, discurren horas y horas, verbigracia, paseando á media noche, en primavera, recogiendo al paso las emanaciones perfumadas de los jardines de los ricos (de los ricos que no gozan de esta riqueza suya, porque ó duermen ó velan por miserables cuidados lejos de sus propias flores), gozando de esos aromas volanderos que se burlan del derecho de propiedad y van á halagar los sentidos y el espíritu de sus verdaderos propietarios, los soñadores que pasean á media noche contándose purísimos ideales, escudriñando á dúo arcanos santos de la vida... Y el uno dice: —Voy á llevarte á tu casa.—Y cuando llegan dice el otro:—No tengo sueño, necesito andar más: voy á llevarte yo á ti.—Y llegan á la casa del que acompañó primero, el cual tampoco quiere acostarse todavía. Y así van y vienen, y les sorprende el canto de la alondra, aunque no haya alondras, pero les sorprende el alba y el recuerdo de la alondra de Shakespeare y el de Romeo que vela, y que, ausente Julieta, pero presente el amigo, con él se compara en deliquio que, si no es comparable al amoroso, tiene una austera poesía inefable... que no comprenden bien ustedes las mujeres, por exquisitas que sean en sus psicologías, y aunque hayan acompañado á un poeta decadente en un viaje, cuasi-peregrinación por el país de los místicos.

Sí, Nila, lo sé todo: sé su historia de usted... hasta donde la sabe Fernando. ¿Para qué contársela á usted? Fuera impertinencia. Para hablarle de otras cosas, del retrato que me llevé y del escapulario que por Petra usted me envió, necesito, si he de ser sincero, conocerla á usted más, para estar seguro de no profanar, hablando con usted de ellas, cosas tan serias y respetables como son el retrato de la hermana de Fernando y el escapulario de su señora madre de usted. Su affmo. amigo, q. b. s. p.,

El Filósofo.