Todos los veranos aparece con una protesta que no se le cae de los labios, á saber: que por milagro de Dios no está en San Sebastián ó en Ostende ó en Corls... eso, en fin, donde la señora de Cánovas.
Todavía da la mano como se daba el año ochenta y tantos, es decir, como quien da una coz con los remos delanteros. Si no fuese por la moda, ese ídolo que no conocieron los griegos, la de Casa-Pinar sería una perfecta hermosura. No es la Venus Urania, es la Venus... snob.
Sí; representa el snobismo... de cabotaje.
Porque no sale de nuestras costas.
Quiere ser más figurín que estatua. Entre Fidias y el modisto mejor de París, ella no vacilaría: se pondría en manos del modisto.
Cuando se ve desnuda, se desprecia. Y vuelve á ser el pavo real, satisfecho de sus plumas, cuando se ciñe el ridículo traje de baño y se pone el sombrero que la convierte en un patache á toda vela, ó el gorro ignominioso que la hace parecerse á un frasco de esencias. ¿Queréis que os salude la de Casa-Pinar, ya que tenéis el honor de tratarla y ser acreedor de su señora madre, por ejemplo?
Pues en vano aspirais á tal privilegio... si llevais chaleco al balneario.
Es necesario, para que Agripina os honre con algo más que una imperceptible inclinación de cabeza, que os presentéis con zapatos blancos, de tela y con semicírculos de charol, con faja chillona y camisa churrigueresca terminada por cuello blanco de los que dan garrote al dar vuelta.
Agripina Pinillos viene á la playa á curar no sé qué humores, que más parecen humos; pero la vida que hace no es para llegar á vieja. Como el otro dijo: mi cura de aguas, ella puede decir... mi cura de vientos. Y no es por lo que la dé el aire, sino porque todo lo sacrifica á los huracanes de la vanidad.