Y él contesta sonriendo:
—Señora, yo siempre he sido un simple hombre público.
—¡Ah! ¿Nació usted diputado?
—Diputado, no, señora; pero candidato creo que sí.
—¿Y ha pronunciado usted muchos discursos en el Congreso?
—No, señora: porque no me gusta hablar de política.
En efecto; Zalamero, que sigue con agrado é interés cualquier conversación, en cuanto se trata de política bosteza, se queda triste, con la cara de miseria melancólica que le caracteriza, y enmudece mientras mira receloso al preopinante.
No cree que ningún hombre de talento tenga lo que se llama ideas políticas, y hablarle á Zalamero de monarquía ó república, democracia, derechos individuales, etc., etc., es darle pruebas de ser tonto ó de tratarle con poca confianza. Las ideas políticas, los credos, como él dice, se han inventado para los imbéciles y para que los periódicos y los diputados tengan algo que decir. No es que él haga alarde de escepticismo político. No; eso no le tendría cuenta. Pertenece á un partido como cada cual; pero una cosa es seguirle el humor al pueblo soberano, representar un papel en la comedia en que todos admiten el suyo, por no desafinar, y otra cosa es que entre personas distinguidas, de buena sociedad, se hable de las ideas en que no cree nadie.
Zalamero, en el seno de la confianza, declara que él ha llegado á ser hombre público... por pereza, por pura inercia. “Dejándome, dejándome ir, dice, me he visto hecho diputado. Nunca me gustó trabajar; siempre tuve que buscar la compañía de los vagos, de los que están en la plaza pública, en el café, azotando calles á las horas en que los hombres ocupados no parecen por ninguna parte. ¿Qué había de hacer? Me aficioné á la cosa pública: me vi metido en los negocios de los holgazanes, de los desocupados, en elecciones. Fuí elector y cazador de votos, como quien es jugador. Cuando supe bastante me voté á mí propio. El progreso de mi ciencia consistió en ir buscando la influencia cada vez más arriba. He llegado á esta síntesis: todo se hace con dinero, pero arriba. Cuanto más arriba y cuanto más dinero, mejor. El que no es rico, no por eso deja de manejar dinero; hay para esto la tercería de los grandes contratos vergonzantes. El dinero de los demás, en idas y venidas que ideaba yo, me ha servido como si fuera mío.”