EL ALCALDE

Espere usted. Ea, tío Paco, ya se me sube á mí el humo á las narices. Aquí ya no hay civiles que valgan: yo soy alcalde... y me basto y me sobro... Deje usted libre el paso... ó me lo llevo á la cárcel...

EL SEÑOR PACO

Blandiendo una muleta.

Moriré aquí dando palos al que se acerque... En muriendo los dos... ahí dentro, en esa cama, cargad con todo. Llevadnos de limosna al campo santo... y todo es vuestro. Pero me da el corazón, miserables, que si os abandono la choza antes que él venga... no vendrá; se habrá muerto en el camino, en el barco, entre las ruedas del tren, ¡qué sé yo! Si le aguarda su cama en su choza... en el rincón donde nació... vendrá, sí, vendrá... ¡Se lo pido á Dios de rodillas!

Se arrodilla temblando y apoyando las manos en el suelo. Silencio solemne. Aquellos cafres callan con respeto, relativo, á la desgracia y á la oración del anciano.

ESCENA CUARTA Y ÚLTIMA

Se oye el ruido estridente de las ruedas de una carreta del país. Aparece por la calleja que desemboca frente á la choza del señor Paco una carreta de bueyes guiada por un aldeano y escoltada por dos civiles. Dentro de la carreta un bulto largo cubierto con un lienzo gris.

UN GUARDIA CIVIL