"El doctor Judas Adambis
B. L. M.

al Sr. D...

y tiene el gusto de anunciarle que el día de Año Nuevo, a las doce de la mañana, por el meridiano de tal, sentirá una gran conmoción en la espina dorsal, seguida de un tremendo estallido en el cerebro. No se asuste el Sr. D..., porque la muerte será instantánea, y puede tener el consuelo de que no quedará nadie para contarlo. Este estallido será el símbolo del supremo momento de la humanidad. Conviene tener hecha la digestión del almuerzo para esa hora.

El doctor Judas Adambis aprovecha esta ocasión para ofrecer... etc., etc., etc."


Llegó el día de Año Nuevo, y a las once y media de la mañana, el doctor Judas, acompañado de su digna y bella esposa Evelina Apple, se presentó en el palacio en que residía la Comisión internacional organizadora del suicidio universal.

Vestía el doctor riguroso traje de luto, frac y corbata negra y gasa en el sombrero. Evelina Apple, rubia, alta, de anchas caderas y vientre arrogante, de negro también, escotada y con manga corta, daba el brazo a su digno esposo. La Comisión en masa, de frac y corbata negra también, salió a recibirlos al vestíbulo. Entraron en el salón del Gran Aparato, sentáronse los esposos en un trono, en sendos sillones; alrededor los comisionados, y, en silencio todos, esperaron a que sonaran las doce en un gran reloj de cuco, colocado detrás del trono. Delante de éste había una mesa pequeña, cuadrada, con tabla de marfil. En medio de ésta, un botón negro, sencillísimo, atraía las miradas de todos los presentes.

El reloj era una primorosa obra de arte.

Estaba fabricado con material de un extraño pedrusco que la ciencia actual permitía asegurar que era procedente del planeta Marte. No cabía duda; era el proyectil de un cañonazo que nos habían disparado desde allá, no se sabía si en son de guerra o por ponerse al habla. De todas suertes, la tierra no había hecho caso, votado como estaba ya el suicidio de todos.

La bala o lo que fuera se aprovechó para hacer el reloj en que había de sonar la hora suprema. El cuco era un esqueleto de este pajarraco. Entonces se le dió cuerda. No daba las medias horas ni los cuartos. De modo que sonaría por primera y última vez a las doce.

Judas miró a Evelina con aire de triunfo a las doce menos un minuto. Entre los comisionados ya había cinco o seis muertos de miedo. Al comisionado español se le ocurrió que iba a perder la corrida del próximo domingo (los toros de invierno eran ya tan buenos como los de verano y viceversa) y se levantó diciendo... que él adoptaba el retraimiento y se retiraba. Adambis, sonriendo, le advirtió que era inútil, pues lo mismo estallaría su cerebro en la calle que en el puesto de honor. El español se sentó, dispuesto a morir como un valiente.

¡Plin! Con un estallido estridente se abrió la portezuela del reloj y apareció el esqueleto del cuco.