—¡Cucú, cucú!
Gritó hasta seis veces, con largos intervalos de silencio.
—¡Una, dos!
Iba contando el doctor.
Evelina Apple fué la que miró entonces a su marido con gesto de angustia y algo desconfiada.
El doctor sonrió, y por debajo de la mesa que tenía delante dió a su mujer la mano. Evelina se asió a su marido como a un clavo ardiendo.
—¡Cucú...! ¡Cucú!
—¡Tres!... ¡Cuatro!
—¡Cucú, cucú!
—¡Cinco! ¡Seis!... Adambis puso el dedo índice de la mano derecha sobre el botón negro.