Los comisionados internacionales que aún vivían, cerraron los ojos por no ver lo que iba a pasar, y se dieron por muertos.

Sin embargo, el doctor no había oprimido el botón.

La yema del dedo, de color de pipa culotada, permanecía sin temblar rozando ligeramente la superficie del botón frío de hierro.

—¡Cucú! ¡Cucú!

—¡Siete! ¡ocho!

—¡Cucú! ¡Cucú!

—¡Nueve! ¡diez!

III

—¡Cucú!