Adambis, pálido de emoción, con voz temblorosa, a la que en vano procuraba dar tonos de energía, se atrevió a decir:
—Evelina; ya sabes... que siempre he sido esclavo voluntario de tus caprichos... pero en esta ocasión... perdóname si no puedo complacerte. Primero me arrojaré de cabeza desde este globo, que descender a la tierra... a robarle la comida a cualquiera de mis víctimas. Asesino fuí; pero no seré ladrón.
—¡Imbécil! Todo lo que hay en la tierra es tuyo; tú serás el primer ocupante...
—Evelina, pide otra cosa. Yo no bajo.
—Y entonces... ¿nos vamos a morir aquí de hambre?
—Aquí tienes mis cigarros de alimento.
—Pero ¿y en concluyéndolos?
—Con un poco de agua y de aire, y de dos o tres cuerpos simples, que yo buscaré en lo más alto de algunas montañas poco habitadas, tendré lo suficiente para componer sustancia de la que hay en estos extractos.
—Pero eso es muy soso.