Desapareció la serpiente, y a poco volvió Adambis... sin truchas.

—Perdóname, mona mía, pero en ese río... no hay truchas...

Evelina echó los brazos al cuello de su esposo.

Él se dejó querer.

Una nube de voluptuosidad los envolvió luego.

Cuando el doctor se atrevió a solicitar las más íntimas caricias, Evelina le puso delante de la boca media manzana ya mordida por ella, y con sonrisa capaz de seducir a Saia Muní, dijo:

—Pues come.

—¡Vade retro!—gritó Judas, poniéndose en salvo de un brinco—. ¿Qué has hecho, desdichada?

—Comer, perderme... Pues ahora piérdete conmigo, come... y yo te haré feliz... mi adorado Judas...