—Pues mira, pichón; si quieres que seamos amigos, corre a pescarme truchas de aquel río que serpentea allá abajo...

—Con mil amores...

Y desapareció el sabio a todo escape.

Evelina y la serpiente quedaron solos.

—Supongo que usted será el demonio... como la otra vez.

—Sí, señora; pero créame usted a mí: debe usted comer de estas manzanas y hacer que coma su marido. No digo que después serán ustedes iguales que dioses; nada de eso. Pero la mujer que no sabe imponer su voluntad en el matrimonio, está perdida. Si ustedes comen, perderán ustedes el Paraíso; ¿y qué? Fuera están las riquezas de todo el mundo civilizado a su disposición... Aquí no haría usted más que aburrirse y parir...

—¡Qué horror!

—Y eso por una eternidad...

—¡Jesús! No lo quiera Dios. Venga, venga; y Evelina se acercó al árbol, arrancó una, dos, tres manzanas, y las fué hincando el diente con apetito de fiera hambrienta.