—¡Bueno! Pues tú... ya que prefieres cumplir un capricho de quien hace una hora negabas que existiese, a satisfacer un deseo de tu mujer..., tú, mameluco, renuncia a lo otro.
—¿Qué es lo otro?
—¿No se nos ha dicho que seré fecunda en adelante?
—Sí, hija mía; de eso iba a hablarte...
—Pues no hay de qué. Nada de fecundidad.
—Pero, hija...
—Nada, que no quiero.
—¡Así, perfectamente!—dijo la voz que le hablaba al oído a Evelina.
Volvióse ella y vió al diablo en figura de serpiente, enroscado en el tronco del árbol prohibido.
Evelina contuvo una exclamación, a una señal del diablo, que comprendió perfectamente; se dirigió a su marido y le dijo sonriente: