—Estos, amigo—había dicho—los guardo yo para en su día.—Y no había querido jamás explicar qué día era aquél.

Caín, sin perdonar, que no sabía, llegó a olvidarse del benedictino.

Y habían pasado todos aquellos años, muchos, y el benedictino estaba allí, en la copa reluciente, de modo misterioso que Caín, triunfante, llevaba a los labios, relamiéndose a priori.

Pasó el solterón la lengua por los labios, volvió a oir el canto del ruiseñor, y contento de la creación, de la amistad, por un momento, exclamó:

—¡Excelente! ¡Eres un barbián! Excelentísimo señor benedictino, ¡bendita sea la Orden! Son unos sabios estos reverendos. ¡Excelente!

Abel bebió también. Mediaron el frasco.

Se alegraron; es decir, Abel, como Andrómaca, se alegró entristeciéndose.

A Caín, la alegría le dió esta vez por adular como vil cortesano.

Abel, ciego de vanidad y agradecido, exclamó: