—Lo que falta... lo beberemos mañana. El otro frasco... es tuyo; te lo llevas a tu casa esta noche.
Faltaba algo; faltaba una explicación. Caín la pedía con los ojillos burlones llenos de chispas.
A la luz de las primeras estrellas, al primer aliento de la brisa, cuando cogidos del brazo y no muy seguros de piernas, emprendieron la vuelta de casa, Abel, triste, humilde, resignado, reveló su secreto, diciendo:
—Estos frascos... este benedictino... regalo de rey...
—De rey...
—Este benedictino... lo guardaba yo...
—Para su día...
—Justo; su día... era el día de la boda de la mayor. Porque lo natural era empezar por la primera. Era lo justo. Después... cuando ya no me hacía ilusiones, porque las chicas pierden con el tiempo y los noviazgos..., guardaba los frascos..., para la boda de la segunda.
Suspiró Abel.