Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó:
—Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral....
—Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con cuentos.... Si yo hablara.... Además, todos ustedes saben....
El que empleaba estas reticencias era Foja.
—El señor Magistral—dijo Mesía, hablando por primera vez al corro—no es un místico que digamos, pero no creo que sea solicitante.
—¿Qué significa eso?—preguntó Joaquinito Orgaz.
Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. Dijeron que no Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros cuatro; que sí Foja, Joaquinito y otros dos.
Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era la simonía».
El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar la palabreja.
Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el Obispo.