—No es un santo—añadía—pero no se puede creer nada de lo que se dice de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y conozco a su hija desde que era así—media vara—protesto contra todas esas calumniosas especies.
(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.)
—¿Qué especies?—preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí.
—¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja, y que don Manuel autoriza esto, y....
—Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro—gritó Foja.
—¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña?
—Eso es lo que yo no sé.—Ni lo otro—dijo Ronzal. Mesía le miró aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable sonrisa.
—Señores—añadió Trabuco, animándose—esto es escandaloso. Aquí todo se convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por todos conceptos.
—Díjolo Blas.—¡Lo digo yo!—Como si lo dijera el gato. Hubo una pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz.
Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía cómo contestar al liberalote.