—Hola, hola, eso no estaba en el programa....

—Niños, niños, formalidad.

—¿Por qué no les da usted una luz, Visita?

—Señores, porque esos locos son capaces de quemar la casa....

—Tiene razón Visita, tiene razón—gritaban desde dentro Joaquín Orgaz o el Pepe de la bofetada.

Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y trato sencillísimo era en casa de los demás. Allí hacía locuras.

Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le había alabado su aturdimiento gracioso a los quince años, y ya cerca de los treinta y cinco aún era un torbellino, una cascada de alegría, según le decía en el álbum Cármenes el poeta. Lo que era una catarata de mala crianza, según doña Paula, la madre del Provisor, que nunca había querido pagarle las visitas. Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo era con cuenta y razón. Su aturdimiento era obra de un estudio profundo y minucioso: se aturdía mientras su ojo avizor buscaba la presa... algún dije, una golosina, cualquier cosa menos dinero. Creía, o mejor, fingía creer, que las cosas no valen nada, que sólo la moneda es riqueza.

—Señora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio usted por mí el otro día.

—Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergüence usted.

—¡No faltaba más!... Tome usted.... ¡Y qué alfiletero tan mono!