—No vale nada.—¡Es precioso!—Está a su disposición.

—No me lo diga usted dos veces...—Está a su disposición... ¡vaya una alhaja!

—¿Sí? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una urraca....

Y sí que era una urraca, como que así la llamaba doña Paula: la urraca ladrona.

Donde hacía estragos era en los comestibles.

Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas.

—¿Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la llave del armario o de la alacena... y aquí me tienes muerta de hambre. A ver, a ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de hambre.

Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la aduana. Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una comisión para que lo preparase todo. Sus miembros eran invariablemente Visita y un primo suyo. Visita, por economía, y porque le daban asco el pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, y bajo su dirección, los hojaldres, los almíbares, todo lo que podía hacerse en su cocina. Después resultaba que en su cocina no se podía hacer nada. ¡El pícaro humo! El casero, que no ensanchaba el horno... ¡diablos coronados! Dios la perdonara.

El caso es que recurría en el apuro a la cocina de Vegallana, u otra de buena casa, las más veces a aquella. Allí se hacía todo. Visita disponía de los criados del Marqués; previo el consentimiento del cocinero, por lo que respecta a la cocina, sacaba algunas provisiones de la despensa; mandaba a la tienda por azúcar, pasas, pimienta, sal, ¡diablos coronados! si el señor Pedro no abría los cajones de sus armarios; que viniera todo lo que se necesitaba. «¿Dinero? Deje usted, ahí tengo yo cuenta». Después todo aquello aparecía en la cuenta del Marqués. Equivocaciones; como habían ido sus criados a comprar.... Se comían la merienda. En la primera noche de tertulia se hacían los comentarios.

—Visita, ¿qué tal, nos hemos empeñado?