En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto.

Álvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte arraigado en él por las dificultades.

Visita fingía preferir que fuese una pasión verdadera; disimulaba el placer íntimo que encontraba en las afirmaciones del otro.

—Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades.

—No hablemos de eso.—Se quiere una vez y después... se las arregla uno como puede.

Mesía al decir esto encogía los hombros con un gesto de desesperación humorística que a él y a sus adoratrices se les antojaba muy interesante, byroniano (si las adoratrices sabían de Byron.)

—Y ella es hermosa, Alvarín, hermosa, hermosa; eso te lo juro yo.

—Sí, eso a la vista está.

—No, no todo está a la vista como comprendes. Y como ella no hace lo que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrás, donde se oía el cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jamás se aprieta con cintas y poleas las enaguas y la falda... ni se embute.... ¡Si la vieras!

—Me lo figuro.—No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continuó Visita: