—¿Qué honra ni qué calabazas?... pero ha de venir.
—No señora; es inútil insistir.
Disputaron mucho tiempo; pero al fin doña Rufina, que también quería ver empezar, cedió y se llevó a don Víctor, que hizo algunos remilgos.
—Ya que ella es tan terca, me quedaré yo también.—¡No faltaba más! —exclamó la Regenta asustada—. ¿No vas otras noches?
Don Víctor insistió otro poco en quedarse, en perder aquel drama de dramas.
Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros días tantos folletines la señorita doña Anunciación Ozores, que en paz descansa. Ahora no había allí fuego; la hornilla, descubierta, era un agujero de tristeza.
Petra recogió el servicio del café. Andaba perezosa. Entró y salió muchas veces. El ama no la veía siquiera, miraba, sin mover los párpados, a la hornilla negra y fría. La doncella se comía con los ojos a la señora. «¡No va al teatro! Aquí pasa algo. ¿Estorbaré? ¿Me necesitará?».
—¿Querrá algo la señora?—preguntó.
Sobresaltada la Regenta, respondió:
—¿Yo?... ¿qué?... Nada; vete.